PUERTA SOLAR – Museo Aero Solar Primaria Puerta Abierta

¿Qué es la democracia?

¿Cómo se acerca este concepto tan valioso y complejo a niños y niñas de 6 a 12 años ?

Desde las aulas empezamos a observar que escucharnos, mirarnos, entendernos, llegar a acuerdos, saber manifestar desacuerdos, pensar de a muchos/as soluciones a conflictos, aprender a vivir con otros y otras, construir en el día a día la idea de comunidad, aprender a elegir, son algunas de las acciones que hacen referencia a democratizar la vida escolar.

Para hacer visible los 40 años de Democracia ininterrumpida Argentina y todas estas acciones que democratizan la vida en la escuela, nos sumergimos  en un proyecto en el que participó toda nuestra comunidad escolar: un Museo Aerosolar.

Con el asesoramiento de Joaquin Ezcurra y Maxi Laina de la comunidad Aerocene y Carlos Almeida de la UNSAM comenzamos un proceso proyectual  que avanzaba con simples consignas y las ganas de hacer de quien se iba involucrando.

El proyecto tuvo la siguiente crónica pensada y gestionada desde la escuela:

LA CASA

Cada familia juntó en casa 5 bolsas “tipo camiseta”. Las corto como se indicó en un modelo.

LAS ASAMBLEAS

Durante el mes de octubre, en el marco de nuestras asambleas de grado, grupos de madres, padres niños, niñas y docentes unían las bolsas que trajeron  formando tiras del largo de la mesa de trabajo 2,4m.

Una vez armada la tira con marcadores indelebles dibujaban y escribían sobre la democracia Argentina.

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A2A2
A2(1)A2(1)
A3A3
A4A4
A5A5

Todas las asambleas fueron el puntapié para iniciar la reflexión acerca de la democracia como forma de vida, la importancia de trabajar y sostener nuestra democracia.

En todos estos espacios se vivía y respiraba un ambiente de festejo y potencia colectiva.

Las producciones las fuimos colgando en perchas y hasta el momento nuestro museo parecía una tintorería de largos vestidos plásticos.

LA COMISIÓN

Una comisión de madres y padres tomaron estos “vestidos plásticos” y los unieron para formar paños más amplios de 3×3 o 6×3 o 9×3. En este proceso se sumaron también por deseo propio, tías y abuelas de los niños y niñas.

Era increíble ver la cantidad de material que se iba logrando ensamblar hasta el momento, era tanto que decidimos pasar de un museo de 6x18mts. a un museo de 9 x 27 mts. Sí un paño de  243 m2

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EL ATELIER

Con los niños y niñas del primer ciclo tomamos algún paño armado para hacer experimentos lúdicos. ¿Cómo sostener, cuidar e inflar esta membrana plástica tan frágil?. Cada vez que nos metimos adentro surgió la temática de la Democracia, el vuelo y el medio ambiente.

Los niños y niñas vuelven a sentir que esa membrana había sido construida colectivamente entre familias. 

Los conceptos ya no eran para nada abstractos, toman cuerpo y surgen relatos donde la democracia, los derechos y la justicia son los personajes principales.
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Con los grupos del 2do. ciclo trabajamos con maquetas sobre el plegado. Con papel verificamos las proporciones y  la forma de plegar para alcanzar el tetraedro que define a nuestro museo.

EL ENSAMBLE

Junto a Carlos Almeida  y la comisión de padres, madres y equipo profesional, nos reunimos el sábado 25 de noviembre a terminar de ensamblar, plegar y  levantar nuestro Museo.

Tuvimos que medir una y otra vez para lograr las proporciones necesarias: 9m x 27m.

Mientras unimos todo el material decidimos poner una ventana al cielo de 9 x 1.20 metros. Plegamos dando pasos coordinados entre los que sostenían cada lado de la superficie y llegó el momento de darle aire. Había viento, bastante, pero no lo suficiente para impedir ver cómo el aire se volvía museo.

Carlos llegó a atar hilos en los vértices, desde ellos tratábamos de acompañar las direcciones que nos indicaba el viento. Fue un sábado largo, colaborativo y emocionante.

Fue un sábado largo, colaborativo y emocionante.

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EL NOMBRE

Para nombrar a este proyecto colectivo convocamos nuevamente a toda la comunidad. Cada familia propuso un nombre.

De todos los nombres propuestos se votaron tres finalistas entre la comisión  de madres y padres y los  directivos de la escuela.

Luego se colocó una urna a la entrada de la escuela para que cada familia vote.

Los nombres propuestos fueron :

  • Puertasolar
  • Aires de democracia
  • Globo de la democracia

APERTURA DEL MUSEO

El 7 de diciembre realizamos la apertura de nuestro museo Aerosolar que por votación se llamó PUERTA SOLAR.

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Ahora sí, un museo lleno de aire reúne la igualdad, la memoria, la justicia, la solidaridad, la diversidad, la libertad de poder elegir, la escucha, el respeto. Estas palabras tan potentes y significativas que no existen solas, en estado puro. Se interrelacionaron en un proyecto, en pasillos, en asambleas, en charlas en recreo, en reuniones con docentes, voces singulares y voces colectivas.

Fueron creciendo con cada soplo de aire, no de golpe.

Fueron  creciendo de a muchos y muchas.

Fueron  creciendo en comunidad.

Hasta crear el globo de la democracia, una “Puerta Solar” que hizo visible y habitable la democracia escolar en Primaria Puerta Abierta.

Un proyecto donde
TODOS FUIMOS Y NOS SENTIMOS PARTE DE UN TODO

Texto Paola Salaberri, Veronica Weisberg y Ana Williams


Video1 Eugenia Serrano
Video2 Gonzalo Ramón

Agradecimientos

Estudio Tomás Saraceno

Comunidad Aeroceno

Joaquín Ezcurra y Maxi Laina

Carlos Almeida

 

Primaria Puerta Abierta

Trixie Levy

Patri Gutman

Paula Schurman

Verónica Weisberg

Ana Williams

Vicky Chillado

Paola Salaberri

Giselle Bliman

Ma. Eugenia Martinez

Diego Divenosa

Carla Mier Torre

Equipo de maestros y maestras

 

Familias que se sumaron

Carolina, mamá de Haku D’Ovidio

Eugenia y Fernando, mamá y papá de Iván Molina

Julia, mamá de Nino Levacov Vilhena

Laura, mamá de Sofi y Santi Bello

Laura, mamá de Olivia Sosa Lucía, mamá de Nico Bustos

Moira, mamá de Rochi Sandor

Karina, mamá de Lorenzo Marin Muchevicz Paula y Gonzalo, mamá y papá de Juli Ramón

Romina, mamá de Vicente Bueno

Patricia, mamá de Oliverio y Fidel Torrella Casares

Cecilia, mamá de Vera Rosenberg

Carla, mamá de Ana Luz Ardalla Baglivo Luisina, mamá de Jero y Emilia Freytes Mariana, mamá de Toto y Lulo Aimaretti

Sabrina, mamá de Miranda y León

Giselle, mamá de Liber y Teo Cura Suaya

Lourdes, mamá de Felipe Moreno

Andrés y Nadia, mamá y papá de Teo Virzi

Viviana, mamá de Ochi y Eloi Arrués

María Clara, mamá de Pepi Mosquera Fernández

Carolina, mamá de Nika DAgostino Lital, mamá de Ramiro Nicodemo

Cecilia, mamá de Ciro Marchese

Bárbara, mamá de Guadalupe Ehmke

Natalia, mamá de Simona Camilleri

Eugenia, mamá de Balta, Clemen y Jero Sosa Fernanda, mamá de Dante y Milo Szulman Iván y Luciana, papá y mamá de Santiago Lemesoff

Marta Antonio, abuela de Ana Luz

 

Agradecemos a otras abuelas y tías que participaron y a toda la comunidad de Puerta Abierta que acompañó en las asambleas y la recolección de bolsas y especialmente a todos los maestros y maestras que hicieron posible este proyecto.

La Puna no es un triángulo

Godofredo Pereira

Bajo el disfraz de la transición “verde” y la puesta en marcha de vías de descarbonización, ha surgido una nueva frontera de expansión capitalista, en forma de carrera planetaria por minerales como el cobalto, el cobre, las tierras raras y, en particular, el litio. La mayor parte de las reservas mundiales explotables de litio se encuentran en una zona conocida comercialmente como el “triángulo del litio”, una figura geométrica delineada por los salares de Uyuni en Bolivia, Atacama en Chile y Hombre Muerto en Argentina. Los salares son fondos lacustres desecados con depósitos subterráneos que contienen altas concentraciones de sales disueltas, como litio, potasio y sodio.

En 2017, creé el estudio de investigación Lithium Triangle, en el Royal College of Art de Londres, con el objetivo de examinar los impactos socioambientales de la extracción de litio. Se trataba de una colaboración de estudiantes y profesores de arquitectura medioambiental del RCA, con abogados, arqueólogos, líderes indígenas y otras personas que trabajan en el desierto de Atacama, en Chile. En aquel momento se publicaba muy poco (tanto en los medios académicos como en los periódicos) sobre las repercusiones negativas de la extracción de litio, por lo que parecía crucial poner en primer plano las realidades de la “transición verde”.

Aunque la plataforma ea-lithiumtriangle.org muestra la mayor parte de los trabajos colectivos e individuales que hemos desarrollado durante estos años, a continuación hablaré de los aspectos que me han parecido más significativos. Nuestro trabajo se centró principalmente en el Salar de Atacama. Sus condiciones climáticas hiperáridas lo convierten en un lugar perfecto para la extracción de salmueras ricas en litio. Esto implica bombear las salmueras ricas en sal desde debajo de la corteza del salar, a una serie de grandes estanques poco profundos. Con un contenido inicial de 200 a 1.000 partes por millón (ppm), la solución de salmuera de litio se concentra mediante evaporación solar para alcanzar una proporción de hasta 6.000 ppm de litio al cabo de 12 a 16 meses. Esto significa que, de media, por cada tonelada de litio se necesitan 500.000 galones de agua. Las empresas mineras de litio y cobre poseen la mayoría de los derechos para extraer agua del acuífero, lo que facilita tasas de bombeo de agua que superan su capacidad de recarga. El agua es crucial para todas las operaciones mineras, no sólo para el procesamiento del material, sino también para la fijación del polvo y para beber. Es decir, se están produciendo tasas obscenas de extracción de agua en el desierto más árido del mundo. Y en toda la región, la extracción de litio se está expandiendo a docenas de otros salares – incluyendo el Salar de Uyuni en Bolivia, que contiene los mayores recursos de litio del mundo, y cuyo gobierno firmó recientemente (enero de 2023) un acuerdo para la extracción de litio con un consorcio liderado por CATL, el mayor fabricante de baterías del mundo. Después de la plata, el oro, el nitrato y el cobre, el litio continúa la larga historia de la extracción en Atacama.

Los gobiernos y las empresas mineras han descrito históricamente el desierto como vacío -despoblado-, ocupado sólo por pequeños grupos de pueblos “subdesarrollados” o “primitivos”. Es evidente que estas descripciones y su racismo explícito tienen como objetivo facilitar los procesos de apropiación de tierras para la extracción de recursos. El desierto siempre ha sido la figura más exagerada de la mirada colonial-extractiva, un mundo descrito como inhumano, la presupuesta imposibilidad de habitarlo justifica su papel de zona de sacrificio. Me resulta obvio cómo, en su pura construcción geométrica, la idea de un “triángulo de litio” capta la esencia del saqueo colonial: la proyección de la mirada extractiva sobre territorios y comunidades, una geometría pura que ve tanto como “no ve”, que en el mismo gesto de exhumar riquezas preciosas, trayendolas desde abajo, borra todas aquellas que considera no preciosas, sean humanas o de otro tipo, convertidas en inanimadas, inhumanas, invisibles, irrelevantes.

Aunque la investigación más amplia del estudio se ha centrado en el litio a escala local y mundial, tanto contemporánea como histórica, los esfuerzos de diseño se centraron en estrategias para recuperar la tierra del control de las empresas mineras. Nuestras colaboraciones con equipos de defensa y organizaciones indígenas exploraron arquitecturas de detección y control medioambiental para que los habitantes de la zona las utilizaran contra las empresas mineras. En su primera fase, el proyecto se basó en el creciente campo de la contra cartografía, así como en el emergente enfoque forense del activismo arquitectónico, y utilizó la teledetección, el análisis multiespectral y los SIG para elaborar informes sobre los cambios medioambientales que se utilizarían en los litigios. Asimismo, propusimos herramientas que permitieran interpretar las observaciones sobre el terreno en relación con datos invisibles como los límites de las concesiones, la ubicación de los acuíferos, la profundidad del suelo, las mediciones del agua y el viento en tiempo real y la salud de la vegetación en el tiempo.

Muchos de nuestros estudiantes sugirieron dispositivos colaborativos de agregación de datos, incluyendo plataformas en línea, aplicaciones y sistemas de RA. Exploramos cómo estos podrían entrar en composición con modos no académicos de producción de conocimiento, incluyendo historias orales, conocimiento ambiental de los agricultores y tradiciones de conocimiento atacameñas de reciprocidad, cuidado y respeto por los ancestros. El otro componente clave del trabajo fue complementar las luchas por la tierra con propuestas de cuidado y mantenimiento del medio ambiente. Colaborando con los ayllus de Tulor y Beter, San Pedro de Atacama, desplegamos aspectos conceptuales y prácticos del pensamiento medioambiental atacameño para abordar los retos contemporáneos en torno a la gestión de la tierra, la desertificación, la escasez de agua y la justicia reproductiva. Muchas propuestas se centraron en las posibilidades del turismo basado en la investigación, las pedagogías ambientales y los nuevos tipos de economías botánicas, para la constitución de alternativas a la falta de empleos locales fuera de las industrias extractivas.

De manera general, pudimos confirmar hallazgos previos sobre los impactos de la extracción. Mediante un análisis plurianual por teledetección, hemos observado que la extracción de agua para la minería del litio y el cobre ha afectado a las lagunas y a la capa freática del Salar de Atacama, que la profundidad de la capa freática ha disminuido de forma constante y que la cubierta vegetal ha disminuido en los bordes del Salar. Nos encontramos con casos en los que los ecosistemas animales y microbianos se han visto afectados por la reducción de los niveles de agua, por los cambios en el flujo de agua y por los cambios en la composición química del agua; observamos cómo el polvo y las partículas liberadas por las actividades mineras generan una neblina blanca que se encuentra de forma permanente sobre el Salar. Comprobamos cómo se extrae agua no sólo en el Salar, sino también corriente arriba, cerca de los pequeños oasis que lo rodean, asentamientos precarios que dependen en gran medida de la poca agua que baja de la cima de las montañas. Comparativamente, confirmamos que las comunidades atacameñas que rodean el Salar de Atacama poseen una cantidad de derechos de agua apenas suficiente para su supervivencia.

A nivel personal, el aspecto más importante que he observado es el deterioro de las ecologías mentales en todas las comunidades del Salar. Se ha prestado poca atención académica al entrelazamiento de las ecologías sociales, materiales y mentales, ya sea en Atacama o en otros lugares. Y menos aún a los impactos mentales y psicológicos del extractivismo. Y, sin embargo, es innegable. La contaminación mental extractivista se manifiesta en el recelo reinante y en los conflictos intracomunitarios centrados en las diferentes relaciones con las empresas mineras. Las razones son múltiples: a veces se trata de posiciones divergentes sobre la compra de tierras por parte de las empresas mineras; a veces es el resultado de los impactos directos de la extracción sobre los modos de existencia agrícolas; otras veces se debe a la pesada carga que supone impugnar el extractivismo; y con frecuencia es un problema de decisión sobre las indemnizaciones, vistas por unos como un mal menor y la oportunidad de beneficiarse al menos en algún aspecto de una situación calamitosa, y por otros, como una traición a la lucha por la protección de los territorios ancestrales. Todos estos aspectos se ven magnificados por la presión política y financiera tanto del Estado como de las empresas mineras sobre los líderes y representantes locales. En Atacama, como en cualquier otra zona de extracción de recursos, la llegada de la minería supone una drástica reducción del abanico de futuros posibles, un trauma tanto para el medio ambiente como para sus pueblos.

Este proyecto llegó a su fin en 2022. Y, sin embargo, puso de relieve la importancia de resistirse a la multiplicación de los “triángulos de litio” en todo el mundo. Atacama es uno de los muchos territorios del mundo que se encuentran en primera línea de un proceso de desarrollo del que los afectados apenas se benefician. En los dos últimos años he participado en luchas similares en el norte de Portugal, de donde soy, y donde varios proyectos de extracción de litio amenazan entornos ancestrales únicos. Aunque centrarnos demasiado en el litio puede hacer que no veamos el bosque por los árboles (el verdadero problema es la dependencia capitalista del extractivismo, y el litio es sólo uno entre muchos otros metales necesarios para la actual “transición”), observo cómo la hipocresía con la que se comercializa como “verde y limpio” ha llevado a mucha gente a unirse a la lucha. Muchas personas de todo el mundo están “diciendo la verdad al poder” sobre el cinismo de una “transición verde” liderada por las empresas extractivas en lugar de por verdaderas preocupaciones medioambientales o climáticas. La Declaración de Jadar, firmada recientemente por grupos ecologistas serbios, chilenos, argentinos, portugueses y estadounidenses, demuestra la importancia de las alianzas internacionales. Pero aún queda mucho por hacer.

Como investigador, mi objetividad no se basa en una especie de distanciamiento neutral, sino en adoptar una postura clara. Necesitamos urgentemente que los múltiples mundos del mundo hagan causa común si queremos resistir a las máquinas excavadoras del capitalismo. El extractivismo inventa constantemente “triángulos de litio” y pseudogeografías similares para justificar la creación de zonas de sacrificio. Pero se trata de entornos reales, habitados por muchos seres y formas de vida diferentes, ya sean microbianas, vegetales o humanas, ancestrales, terrestres o celestes. El desierto no es un triángulo; Uyuni no es un triángulo, y sin duda, la Puna de Atacama no es un triángulo.

Disputar futuro – Resistencias al extractivismo predador colonial del litio

Melisa Argento

El brillo ciego que tienen las narrativas en torno al litio se expande a enorme velocidad, invisibilizando los impactos sociales y ambientales que representan para nuestra América Latina.

Sin duda el mundo debe abandonar el patrón fósil predador de la naturaleza y la vida. También, las pautas de consumo hipermaterializadas y descartables de los bienes, la concentración económica del capital y los modos de vida imperiales favorecidos por un sistema energético desigual. Pero lo que realmente está en juego es cómo será ese nuevo mundo, y de momento no vamos ganando esa batalla de sentido. Las agendas globales para la transición energética, basadas en la descarbonización de las economías nacionales y la reducción de la emisión de Gases de Efecto Invernadero por la vía de mercados de carbono, son las claves de un nuevo régimen eco-tecno-corporativo global. Se trata de un nuevo pacto verde, neocolonial y extractivista que tiene entre sus metas el reemplazo de la infraestructura para energías “renovables” y la industria de la electromovilidad de consumo masivo. De hecho, el incremento de ventas de vehículos híbridos y/o eléctricos pasaría de poco más de 3 millones actuales a 26 millones para 2030 y 54 millones para 2040. A su vez, la industria electrónica de celulares, notebooks y tablets (por cierto, descartables) se ha potenciado a niveles ciertamente exorbitantes.

Asistimos a una guerra por los territorios, el marco de la creciente ampliación de la frontera extractiva del litio y otro conjunto de “elementos críticos para la transición” (Informe del Banco Mundial, 2020). La concentración económica en torno a la apropiación del litio, así como la pugna interimperial por el control de los conocimientos y patentes se insertan en el seno de una disputa geopolítica (GyBC, 2019) que hoy lleva a plantear incluso la militarización de zonas consideradas “fronteras” para el capital. Todas las potencias y corporaciones globales colocan su objetivo, en el histórico “patio trasero” de sus intereses tal y como lo afirmara sin pruritos recientemente la Jefa del Comando Sur de EEUU, Laura Richardson (Página 12, 2023). El capitalismo verde es hoy el patrón de acumulación. Por dar un par de ejemplos nomás la empresa Tesla, aumentó 700% su capitalización bursátil en el año 2020. China controla el 50 por ciento de la producción mundial de electromovilidad y es el principal productor y mercado de paneles solares, molinos eólicos, energía hidráulica, energía nuclear. Todos los fondos de inversiones más relevantes del mundo se reparten cual tablero de ajedrez los territorios y salares de Argentina y Chile donde se encuentra el litio, lo mismo hacen las automotrices más importantes del mundo (Toyota, BMW, VW, Nissan, General Motors, Audi, BAIC, y los gigantes Tesla y ByD). Las empresas electrónicas Samsung, Panasonic, Huawei o Apple, y las dedicadas al almacenamiento estacionario, como Vestas, LG Chem, General Electric. Se trata de una dinámica que hemos denominado “acumulación por desfosilización y despojo” (Argento Slipak y Puente, 2022), una carrera por el control de los recursos, las patentes y conocimiento, en condiciones de crisis socio-ecológica y civilizacional.

Argentina, Chile y Bolivia poseen en sus salares altoandinos un 53% de las reservas globales y cerca de un 58% de los recursos (USGD, 2021) de litio. Esto ha convertido a la histórica región socio cultural de Atacama (Argentina, Chile y Bolivia) en el mal llamado “Triángulo del litio”, un territorio reinventado para el capital. La imagen proyectada es la de un nuevo desierto, construido como una cantera de “recursos” esperando ser “descubierta”. Igual que hace más de cinco siglos. Colonialidad y dependencia renovada que opera profundizando las desigualdades e injusticias sociales y ambientales y los conflictos ecológicos-distributivos, trasladando los costos socioambientales, la violación de derechos y despojando poblaciones.

En extremos opuestos y matrices socio-estatales completamente diversas Chile y Bolivia comparten algo y es el hecho es que el Estado tiene tratamiento sobre el litio y lo considera un recurso estratégico. Aunque considerarlo estratégico no dice nada per se. Chile es el segundo exportador mundial -luego de Australia-, con más de cuatro décadas de sobre-explotación monopólica de este recurso en el Salar de Atacama por las firmas SQM y Albemarle. En este país el litio fue declarado estratégico en los años 70, quedando la negociación de los contratos en manos del Estado por medio de instituciones centrales como la CORFO en el marco de la expansión de una normativa neoliberal. Si bien en 2015 una Comisión Nacional del litio realizó de propuestas destinadas a incrementar la captación de renta y las reparaciones hacia las poblaciones afectadas, la ampliación del tiempo de los contratos y el avance de la frontera extractiva de litio hacia nuevos salares, perpetúan los rasgos de un perfil primario exportador, con armazón de políticas neoliberales y un Estado históricamente subsidiario. Incrementando extraordinariamente sus exportaciones en el último año, el gobierno de Boric acaba de presentar su Estrategia Nacional para el litio, con planificación y agregación de valor y con participación mayoritaria del Estado, pero lo cierto es que ésta se plantea con una composición accionaria público-privada, donde no se tocan los proyectos activos hasta su finalización en 2030 y 2043 (SQM y Albemarle respectivamente), expandiendo la actividad minera con control del Estado hacia otros salares. De manera que su real capacidad disruptiva con lo que se ha hecho hasta aquí, dependerá de la reglamentación futura sobre estos anuncios.

Bolivia es sin lugar a dudas, el país que intentó desmarcarse del horizonte colonial y dependiente en torno al litio. En el año 2009 se impulsó una política soberana que declaró al Estado dueño de los recursos evaporíticos en el salar de Uyuni, (el más grande de la región). Emanada desde organizaciones y movimientos de la región potosina y presentada al MAS al inicio de su gestión, la planificación consistió en tres etapas suponían lograr la elaboración de las baterías de litio bolivianas. Empero, persistentes dificultades con la técnica de extracción en condiciones climatológicas distintas a los salares de los países vecinos y diversos grados de concentración del litio en salmuera demoraron largamente los plazos y las ganancias previstas para el país y generaron no pocos conflictos con la región potosina que demanda, el aumento de regalías sobre los recursos localizados en sus territorios. Las presiones políticas fueron externas: desde la reticencia de las corporaciones con el know-how necesario a aceptar los términos soberanos de “llave en mano” para la elaboración de plantas, hasta la presión para que Bolivia flexibilizara las condiciones de negociación con el capital trasnacional. Luego de la interrupción total del proyecto bajo el gobierno de facto de Yanine Añez, la política del gobierno del actual Arce, incentiva la meta de exportación de litio aún a costa de la apertura al capital trasnacional. Para ello, ha firmado un convenio con un conglomerado de origen chino en la construcción de dos complejos industriales que utilizarían la técnica de extracción directa (ELD).

Lejos de estos intentos, Argentina expresa el triste ejemplo de la desregulación, la poca perspectiva y voluntad política, del “dejar hacer total”. Este país posee el marco normativo más favorable al capital trasnacional. La provincialización de los recursos sancionada en 1994, el Código de Minería que rige la actividad y la Ley de inversiones mineras de 1993, consolidan el saqueo del litio en el país sin ningún tipo de regulación específica. Las empresas y corporaciones extractivas deben aportar sólo un 3% del valor en boca de mina (el valor declarado por estas mismas firmas) a las provincias, e incluso algunas han bajado este margen. La lógica del capital presiona haciendo que las provincias compitan entre ellas por tornarse más “atractivas” para las inversiones que comportan los proyectos extractivos. Todo esto lleva a la flexibilización de los controles normativos no sólo en términos económicos, sino también a los impactos ambientales y los permisos para usos de agua.

En la actualidad, Argentina cuenta con sólo dos proyectos en etapa de extracción: El de la norteamericana Livent, que inició su explotación en los años 90 sobre el Salar de Hombre Muerto. Y el de Sales de Jujuy en la provincia homónima (ex Orocobre ahora Allkem de Australia), Toyota (Japón) y JEMSE (Jujuy), que inició su extracción desde el salar de Olaroz en el año 2015 y se encuentra en etapa de ampliación hacia duplicar prácticamente su capacidad. El tercero es Minera Exar (Jujuy) con un proyecto en fase de construcción en el salar Cauchari (con accionistas de la china Ganfeng Lithium, la canadiense Lithium Americas y una pequeña participación de JEMSE). Sin embargo, existen cerca de 50 proyectos en etapas previas en todo el país, y ya no sólo en la puna donde todos los salares se encuentran repartidos, sino en otras provincias y regiones, llegando incluso a la Patagonia. El país exporta hoy 40 mil toneladas de carbonato de litio, pero se pretende pasar a más de 300 mil toneladas, sin que exista ningún estudio ambiental integral y acumulativo acerca de qué significaría escalar esa cifra exorbitante.

La minería de litio es una minería de agua, que en las cantidades proyectadas, opera generando el riesgo de estrés hídrico, la posible salinización de napas dulces y/o la sequía de vegas u “ojos de agua” naturales que son las fuentes acuíferas para la vida en un ecosistema que se caracteriza por ser frágil. Las cifras de uso de agua para esta minería estimadas van desde 2 millones de litros de agua por tonelada de carbonato de litio hasta 5 millones en casos que varían de proyecto en proyecto (por las condiciones de cada salar, grado de concentración del mineral, y la técnica utilizada).

No hay futuro en el extractivismo del litio.

Las poblaciones y comunidades que habitan los salares y resisten el racismo histórico desde la época colonial, así como la conformación del Estado Nación, son las principales afectadas por la minería del litio. Se destruyen las actividades económicas productivas preexistentes, el trabajo ligado a la extracción de la sal, la agricultura y cría de animales, violentando los modos relacionales del cuidado con la naturaleza, los saberes y conocimientos ancestrales, las identidades y los cuerpos que resisten y re existen cotidianamente. El cuidado es uno de los ejes que articula la resistencia a la expansión incesante de la acumulación del capital. La defensa del territorio del agua-vida expresa una comprensión integral de las cuencas con sus salmueras, lagunas, vegas y bofedales. Estos humedales son reserva de conocimientos y saberes sobre la supervivencia de las especies y la vida humana en condiciones extremas, reguladores hídricos conformados por ciclos lentos y naturales, sumideros de carbono. Así, su defensa se articula en las luchas socioambientales que exigen la sanción de la #Ley de Humedales Ya! en Argentina.

Esto lo saben las comunidades kollas y atacameñas de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc que llevan más de diez años defendiendo sus territorios. “El agua vale más que el litio” dicen, “Nosotros no comemos baterías” afirman y en estas consignas de lucha expresan la crítica universal más radical contra los modos en que se está pensando una transición sólo para las potencias globales. Se trata de comunidades indígeno-campesinas que exigen el respeto a la autodeterminación territorial como lógica democrática de reconocimiento por ser quienes habitan estos territorios de manera ancestral. Rechazan las intervenciones empresariales de fragmentación organizativa o de “participacionismo débil,” y bregan por formas autodeterminación. Sostienen la defensa del agua y los salares como bienes comunes, y conciben el territorio integral como cuencas hidro-sociales. En sus luchas, exigen ser consultadas de acuerdo a la Consulta Previa Libre e Informada que rige el convenio 169 de la OIT y que se respeten todos los derechos indígenas constitucionales sistemáticamente vulnerados el país. Exigen la implementación de estudios de impacto ambiental sobre su territorio, y piden que se cumpla la normativa ambiental. Proponen lógicas de conocimiento basadas en la ecología de saberes, que reconozca, estudie y avale los saberes, experiencias y conocimientos locales.

Sus luchas se articulan con las de un conjunto de territorios afectados por la minería de litio en Antofagasta de la Sierra en Catamarca, así como en la región de Atacama y Copiapó en Chile, con comunidades Likanantay y collas, actores y asambleas socioambientales de estos territorios y movimientos que proponen la defensa de las cuencas de agua y de los salares y humedales altoandinos. Es en la articulación de sus propuestas, y con las que emanan de un conjunto de otros movimientos socioambientales, campesinos, sectores populares urbanos, feminismos, ecofeminismos y militancias juveniles, se encuentran las claves de los movimientos por una justicia que sea social y ambiental, o las alternativas hacia una transición socio ecológica justa y popular.

Referencias:

Agencia Internacional de Energía (2021). The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions.

Argento Melisa, Ariel Slipak y Florencia Puente (2022). El litio y la acumulación por desfosilización en Argentina. En Svampa Maristella y Pablo Bertinat (Coords.) La transición energética en la Argentina. Una hoja de ruta para entender los proyectos en pugna y las falsas soluciones. Siglo XXI. Buenos Aires, 2022.

GyBC (2019) Triángulo del litio. Un área de disputa estratégica entre potencias globales en nombre de la transición energética. Informe del Grupo de Estudios en Geopolítica y Bienes Comunes. Instituto de Estudios de América Latina y El Caribe, diciembre de 2019.

Fornillo, Bruno (Coord.) (2019). Litio en Sudamérica. Geopolítica, Energía y Territorios. Editorial El Colectivo, CLACSO. Buenos Aires.

OLCA, (2020), Institucionalidad del diálogo territorial. La privatización del diálogo. Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales. Santiago de Chile

Página 12, 11/04/23. La jefa del Comando Sur de Estados Unidos vuelve a la Argentina, con la mira en los recursos naturales y el vínculo con China. Disponible en https://www.pagina12.com.ar/539165-la-jefa-del-comando-sur-de-estados-unidos-vuelve-a-la-argent?ampOptimize=1

U.S. Geological Survey (2021) “Mineral Commodity Summaries 2021” U.S. Department of the Interior. United States of America.

 

The way it is – From Greta Thunberg to Aerocene in Salinas Grandes

Graciela Speranza

The image on the cover of Greta Thunberg’s The Climate Book is enough to gauge the scale of the disaster. A series of vertical stripes show the progressive rise in global temperatures from 1654 to 2021, in resemblance to what could be a colorful Agnes Martin, the collective work of humanity’s feverish growth over the past decades. Each of the stripes indicates the average temperature of a year, from the deep blue of the first, coldest years to the deep red of the last. These are the warming stripes, created by Ed Hawkins at the University of Reading to show at a glance the unmistakable progress of global warming. They can be downloaded for free from showyourstripes.info, including those of Argentina, an abstract picture of the disaster that we too, aided by the countries of the North, were able to achieve.

The image is irrefutable but only the trigger for a tenacious crusade that now comes in the form of a book, a “Climate Bible”, polyphonic howl of a hurting world. “We tell it like it is,” Greta writes in one of the forewords that open each section, because she believes that not only are we unaware of the emergency, but we have not realised that we are unaware, a double capital fault that can only be repaired with clear and accurate information. The story she wants to tell – “the world’s biggest story” – could start with a couple of alarming figures. Average global temperatures have risen by 1.2°C since pre-industrial times, and although in the 2015 Paris Agreement almost every country in the world committed to limit warming to below 2°C (ideally below 1.5°C), the UN Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) estimates that, with current policies, it will reach 3.2°C by 2100. In defiance of expert warnings (by the late 1970s there was already scientific consensus on increasing global warming), annual carbon emissions since 1991 have exceeded those of the rest of human history. The explosive growth of the 20th century tripled the world’s post-World War II population, quadrupled water consumption, increased marine fish catches sevenfold and fertiliser consumption tenfold. And while the whole world suffers the consequences, we are not all equally responsible. The greatest population growth was in the global South and most of the consumption was driven by the United States and Europe. The richest 10% of the world’s population causes 50% of our carbon emissions, more than double the emissions of the poorest half of the world.

We do not know the end of the story, but science does its best to remind us that there have been five mass extinctions in the last half a billion years, each in turn wiping out three quarters of the planet’s species, and we are blindly heading towards a sixth, the first caused by a biological agent, humans, the drivers of “infinite growth on a finite planet”.

From this account, it becomes clear that in the light of a multidimensional crisis, solutions will have to be collective but also individual. The critical tipping point for changing individual behaviour, sociology points out, is a committed minority of 25%; popular protest, activism and environmental movements, especially of young people and women, are trying to reach it in defiance of the silence of the mass media. “If I were asked which industry is most responsible for the destruction of life on the planet,” writes George Monbiot, writer and columnist for The Guardian, “I would say the media”. Through their complicity, their blindness, or their idleness, “they are the engine of persuasion that allows the system of destruction of the Earth to persist”. It is therefore necessary to demand clear environmental platforms from political parties, but also to refocus the world’s attention, gaining space in the mainstream media and redoubling efforts in alternative media, seeking new channels and encouraging new collective enterprises. El gato y la caja, for example, a platform for scientific research and dissemination created by a collective of young Argentines to generate public communication content on science in digital media – “more science, in more places, for more people” – and a collection of books, also available free of charge. In tune with Greta’s initiative, the latest, Clima, made openly and communally, convened a group of scientists, economists and activists, to tell “the biggest design challenge of all time” from a regional perspective.

However, individual will alone is not enough to implement fair and equitable climate mitigation and renaturalisation. Environmental biologist Robin Wall Kimmerer proposes “aligning economies with the laws of nature” and reminds us that “ecology” and “economy” share the same Greek root, oikos, meaning “house”. There will be no decarbonisation without a profound redistribution of wealth, Thomas Piketty asserts, and proposes creative solutions: “A modest global wealth tax on billionaires with a pollution surcharge could generate 1.7% of global revenues, which could finance most of the additional investments needed per year to cover climate mitigation efforts”. The proposal is sensible in an absurdly unequal world, but it will not be easy to stand up to the voracity and social deafness of the big corporations.

In the discourse of politics, economics and sometimes even science, a narrow pragmatism reigns, incapable of imagining what is to come, art does not conform to this impoverished version of realism; it gives material and visible entity to metaphors, reveals the limits of the imagination and makes realistic fantasies that at first sight are impracticable.

This is what happens in the practice of the Aerocene community who for years has been undertaking networked projects (“doing something”, Tomás Saraceno says, “that none of us could do alone”), in which the frontiers between science, technique, social theory and art are diluted like the horizon line of the Salar de Uyuni, where their first balloons flew, until they are recomposed in a fluid practice that is its own odyssey of space and perhaps its redefinition of art in the 21st century. In January 2020, a woman flew freely in a balloon for 16 minutes without the use of fossil fuels, helium or lithium, over the white sea of Salinas Grandes in the province of Jujuy. Fly with Aerocene Pacha broke 32 records with the most sustainable flight in human history, carrying the message proposed by the indigenous communities, who for more than a decade have been fighting for their rights in the face of resource extraction in the region: “Water and life are worth more than lithium”. The feat was documented in the film Pacha, which three years later, in mid-January, was screened in front of many of the protagonists in San Francisco de Alfarcito, a village of less than a hundred inhabitants, nestled in the clouds on the high plateau of Jujuy at an altitude of 3,500 metres above sea level.

There, the Aerocene community brought together environmental lawyers, human rights and nature rights activists, geopolitical and commons experts, writers and academic specialists in the region’s conflicts with a large group of representatives of the indigenous communities of Salinas Grandes and Laguna de Guayatayoc, to strengthen the defence of the territory, subjugated by extractivism with a high environmental impact, doubly strengthened by the global demand for lithium that promises to implement electromobility. The way it is: with very little return for the country, a paradoxical “green colonialism” that will only benefit the energy transition of the North, depredates ecosystems and the dwindling resources of the people. It is time to imagine ways for our energy transition with fair and democratic strategic planning, attentive to environmental impact. On the parched football pitch in Alfarcito, one of Aerocene’s aerosolar sculptures took flight this time with a new message, epitome of the synergy of the debates: “In complementarity, we take care of water”. But can art really redesign the future?

A clear example of what the Chinese philosopher Yuk Hui calls “cosmotechnics”, the work of the Aerocene community aspires to a historically, cosmologically and locally situated technology. It does not want to push the boundaries of art at the expense of technique, but the idea relies on encouraging a more ambitious and promising dialogue. Since modernity, we have been thinking about how new media has changed the languages of art, but their interdisciplinary projects have raised a more important question and some inspiring answers: how can the imagination of art transform technology? For example, by preserving that moving continuum of earth and air of the salt flats, fragile remnants of a sublime landscape that indigenous communities have preserved for thousands of years?

According to The Climate Book, Indigenous peoples make up only 5% of the global population and occupy less than a third of the planet’s territories, yet they are responsible for preserving 80% of the Earth’s diversity. On the thirsty altiplano of the Puna, they continue to guard the water and salt flats, in immemorial harmony with the starry sky, llamas, vicuñas, cacti and a few olive trees.

Las cosas como son – De Greta Thunberg a Aerocene en Salinas Grandes

Graciela Speranza

Bastaría con la imagen que ilustra las tapas de El libro del clima (Lumen, 2022) de Greta Thunberg para calibrar la escala del desastre. Una serie de franjas verticales muestran el aumento progresivo de las temperaturas globales desde 1654 hasta 2021 en una especie de Agnes Martin colorido, obra colectiva del crecimiento afiebrado de la humanidad durante las últimas décadas. Cada una de las franjas indica la temperatura media de un año, desde el azul profundo de los primeros, los más fríos, hasta el rojo intenso de los últimos. Son las warming stripes, creadas por Ed Hawkins en la Universidad de Reading para mostrar de un vistazo el avance inequívoco del calentamiento global. Pueden descargarse gratuitamente de showyourstripes.info, incluso las de la Argentina, un cuadro abstracto del descalabro que también nosotros, ayudados por los países del Norte, supimos conseguir.

La imagen es inapelable pero apenas el disparador de una cruzada tenaz que cobra ahora la forma de un libro, una “Biblia del clima”, Aullido polifónico de un mundo dolido. “Decimos las cosas como son”, escribe Greta en uno de los prólogos que abren cada sección, porque cree que no sólo no somos conscientes de la emergencia, sino que no hemos caído en la cuenta de que no somos conscientes, una doble falta capital que solo se repara con información clara y certera. La historia que quiere contar —“la mayor historia del mundo”— podría comenzar con un par de cifras alarmantes. Las temperaturas globales medias han aumentado en 1,2 °C desde la era preindustrial y, aunque en el Acuerdo de París de 2015 casi todos los países del mundo se comprometieron a limitar el calentamiento por debajo de 2 °C (idealmente, por debajo de 1,5 °C), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) estima que, con las políticas actuales, hacia 2100 alcanzará los 3,2 °C. Desoyendo las advertencias de los expertos (a fines de los setenta ya había consenso científico sobre el creciente calentamiento global), desde 1991 las emisiones anuales de carbono han superado las del resto de la historia humana. El crecimiento vertiginoso del siglo XX triplicó la población del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, cuadriplicó el consumo de agua, multiplicó la captura de peces marinos por siete y el consumo de fertilizantes por diez. Y aunque el mundo entero sufre las consecuencias, no todos somos igualmente responsables. El mayor crecimiento de población se dio en el Sur global y la mayor parte del consumo fue impulsada por Estados Unidos y Europa. El 10% más rico de la población mundial causa el 50% de nuestras emisiones de carbono, más del doble de las emisiones de la mitad más pobre del mundo.

Desconocemos el final de la historia, pero la ciencia cumple en recordarnos que en los últimos quinientos millones de años ha habido cinco extinciones en masa que acabaron cada una a su turno con tres cuartas partes de las especies del planeta, y nos encaminamos sin control hacia la sexta, la primera causada por un agente biológico, el ser humano, propulsor de “un crecimiento infinito en un planeta finito”.

Frente a una crisis multidimensional, las soluciones deberán ser colectivas pero también individuales. El punto de inflexión crítico para cambiar el comportamiento individual, apunta la sociología, es una minoría comprometida del 25%; la protesta popular, el activismo y los movimientos ambientalistas, sobre todo de jóvenes y mujeres, intentan alcanzarlo desafiando el silencio de los medios masivos. “Si se me preguntara qué industria es la más responsable de la destrucción de la vida en el planeta”, escribe George Monbiot, escritor y columnista de The Guardian, “diría que los medios de comunicación”. Con su complicidad, su ceguera o su desidia, “son el motor de persuasión que permite que el sistema de destrucción de la Tierra persista”. Se impone por lo tanto exigir plataformas ambientales claras a los partidos políticos, pero también reenfocar la atención del mundo, ganar espacios en los grandes medios y redoblar los esfuerzos en medios alternativos, buscando nuevos canales y alentando nuevas empresas colectivas. El gato y la caja, por caso, una plataforma de investigación y divulgación científica creada por un colectivo de jóvenes argentinos para generar contenidos de comunicación pública de ciencia en medios digitales — “más ciencia, en más lugares, para más personas”—, y una colección de libros, también disponibles en forma gratuita. En sintonía con la iniciativa de Greta, el último, Clima, hecho en forma abierta y en comunidad, convocó a un grupo de científicos, economistas y activistas, para contar “el desafío de diseño más grande de todos los tiempos” desde una perspectiva regional.

La voluntad individual, sin embargo, no alcanza para poner en marcha una renaturalización y una mitigación climática justa y equitativa. La bióloga ambiental Robin Wall Kimmerer propone “alinear las economías con las leyes de la naturaleza” y recuerda que “ecología” y “economía” comparten la misma raíz griega, oikos, que significa “casa”. No habrá descarbonización sin una profunda redistribución de la riqueza, asegura Thomas Piketty, y propone soluciones creativas: “Un modesto impuesto a escala mundial sobre la riqueza a los multimillonarios con un recargo por contaminación podría generar el 1,7% de los ingresos globales, lo que podría financiar la mayor parte de las inversiones adicionales necesarias al año para cubrir los esfuerzos de mitigación climática”. La propuesta es sensata en un mundo absurdamente desigual, pero no será fácil enfrentarse a la voracidad y la sordera social de los grandes consorcios.

En el discurso de la política, de la economía e incluso a veces en el de la ciencia reina un pragmatismo estrecho, incapaz de imaginar lo que vendrá. El arte, sin embargo, no se conforma con esa versión empobrecida de realismo. Los lenguajes del arte, en un diálogo abierto con otros saberes, otras formas de vida y otras especies, da entidad material y visible a las metáforas, revela los límites de la imaginación y vuelve realistas fantasías a primera vista impracticables.

Sucede en la comunidad Aerocene, que emprende desde hace años proyectos en red (“hacer algo”, dice Tomás Saraceno, “que ninguno de nosotros podría hacer solo”), en los que las fronteras entre ciencia, técnica, teoría social y arte se diluyen como la línea del horizonte del Salar de Uyuni, donde volaron sus primeros globos, hasta recomponerse en una práctica fluida que es su propia odisea del espacio y quizá su redefinición del arte en el siglo XXI. En enero de 2020, una mujer voló libremente en globo durante 16 minutos sin uso de combustibles fósiles, ni helio o litio, sobre el mar blanco de Salinas Grandes en la provincia de Jujuy. Vuela con Aerocene Pacha batió 32 récords con el vuelo más sustentable de la historia humana, llevando el mensaje propuesto por las comunidades indígenas, que desde hace más de una década luchan por sus derechos frente a la extracción de recursos de la región: “El agua y la vida valen más que el litio”. La proeza se registró en Pacha, el film que tres años más tarde, a mediados del pasado enero, se proyectó ante muchos de los protagonistas en San Francisco de Alfarcito, un pueblo de menos de cien habitantes, recostado entre las nubes en el altiplano jujeño, a 3.500 m de altura.

Allí mismo, la comunidad Aerocene reunió durante dos días a abogados ambientalistas, activistas de derechos humanos y derechos de la naturaleza, expertos en geopolítica y bienes comunes, escritoras y especialistas académicos en los conflictos de la región con un grupo numeroso de representantes de las comunidades indígenas de Salinas Grandes y Laguna Guayatayoc, para fortalecer la defensa del territorio, avasallado por un extractivismo de gran impacto ambiental, doblemente afiebrado con la demanda global de litio que promete instrumentar la electromovilidad. Las cosas como son: con escasísimos réditos para el país, un paradójico “colonialismo verde” que sólo beneficiará a la transición energética del Norte depreda los ecosistemas y los menguados recursos de los pobladores. Es hora de imaginar vías para nuestra transición energética con planificación estratégica justa y democrática, atenta al impacto ambiental. En la reseca cancha de fútbol de Alfarcito, una de las esculturas aerosolares de Aerocene remontó vuelo esta vez con una nueva consigna, epítome de la sinergia de los debates: “En complementariedad, cuidamos el agua”. Pero, ¿puede realmente el arte rediseñar el futuro?

Claro ejemplo de lo que el filósofo chino Yuk Hui llama “cosmotécnica”, la obra de la comunidad Aerocene aspira a una tecnología situada histórica, cosmológica y localmente. No quiere ampliar los límites del arte a expensas de la técnica, sino alentar un diálogo más ambicioso y prometedor. Hemos estado pensando desde la modernidad cómo los nuevos medios han cambiado los lenguajes del arte, pero sus proyectos interdisciplinarios han planteado una pregunta más importante y algunas respuestas inspiradoras: ¿cómo puede la imaginación del arte transformar la tecnología? ¿Cómo, por ejemplo, preservando ese continuo móvil de tierra y aire de los salares, restos frágiles de un paisaje sublime que las comunidades originarias han sabido conservar durante miles de años?

Los pueblos indígenas son apenas el 5% de la población global, se lee en El libro del clima, y ocupan menos de un tercio de los territorios del planeta, y sin embargo son responsables de preservar el 80% de la diversidad que vive en la Tierra. En el altiplano sediento de la Puna, siguen custodiando el agua y las salinas, en armonía inmemorial con el cielo estrellado, las llamas, las vicuñas, los cactus y algunos olivos.

La resistencia de comunidades originarias a la extracción de litio en una obra de arte en la Puna

Gabriela Cabezón Cámara

Estamos adentro de la luz: en el potrero de las llamas de Don Luis, rodeados de montañas, a casi cuatro mil metros del mar. El cielo es celeste, celeste. Las rocas, medio anaranjadas. Y, acá y allá, hay un poco de verde. Con estos tres colores, y el blanco plateado y celestial, reflejo y origen en el Big Bang, de las Salinas Grandes y la cuenca de la laguna de Guayatayoc él se las arregla para todo. Para brillar de hermosura y para vivir. Las llamas, cuando salen de su corral, nos miran con sus ojos redondos y grandes, de pestañas largas y muy arqueadas. Una por una: salen, nos miran fijamente, corren hacia el pastizal, se nos pierden. A Don Luis no. Él sabe dónde están aunque ellas corran en todas direcciones, a toda velocidad. Le pregunto qué son esas bolsas de nylon que cuelgan de alambres en una parcela que tiene cercada. Vamos hasta ahí y veo también al espantapájaros, muy elegante. “No funcionó”, se ríe Don Luis. Quedan tres o cuatro plantas de habas. “¿Y cuánto da cada planta?”, le pregunta el historiador Bruno Fornillo. “Dos toneladas”, le contesta Don Luis, serio. Espera el efecto del chiste, nos ve las caras, después larga la carcajada.

La socióloga Maristella Svampa, y la politóloga Melisa Argento, lo corean. Claudia Aboaf, la escritora de ciencia ficción, establece relaciones locas entre los astros y los animales.

Y estamos todos adentro de una obra de arte. Una especie de performance interespecies, intercultural e interdisciplinaria liderada por la comunidad Aerocene. Aerocene convocó y allá fuimos gentes de muy diversas disciplinas. Los ya nombrados y la ensayista Graciela Speranza, la galerista Orly Benzacar, la curadora Inés Katzenstein, los abogados de la Asociación de Abogades Ambientalistas, Gastón Chillier y Enrique Viale, científicos y técnicos espaciales y, claro, los más importantes en esta historia: las comunidades kollas y atacamas que resisten el avance bárbaro de la extracción del litio en sus territorios, los que habitan hace milenios en coexistencia con los todos los otros seres que los conforman. Verónica Chávez, presidenta de la comunidad de Santuario Tres Pozos, un pueblo de la cuenca, lo resume así: “Nosotros nos tenemos que defender del atropello, aquí hay comunidades que tanto como el zorro, la vicuña y el lagarto quieren vivir tranquilos”.

Esto es una obra de arte, decía, una obra de arte relacional llevada adelante con una imaginación, una ingeniería y una poética impresionantes. Los presentes estuvimos metidísimos en lo que hicimos. Convivimos con la comunidad en San Francisco de Alfarcito. Charlamos, fuimos parte de los talleres, aprendimos de su cosmovisión calma, tejida con la tierra como está tejida la vida misma y, es casi increíble dado la ferocidad voraz que enfrentan hace más de quinientos años, tan resistente.

Escuchamos acerca de los apus: los cerros protectores que están tan animados como nosotros. Antes de pensar que ese pensamiento es mágico, acuérdense de que se nos habla a diario de “los mercados” como si fueran dioses. No cabe duda de que los apus son más vitales que los mercados. Comimos guisos exquisitos. Compartimos platos, cubiertos, chistes. Miramos las estrellas. Muertos de frío, a la noche baja mucho la temperatura, nos sentamos de espaldas a las pocas luces del pueblo y ahí la vía láctea relumbrante, tan llena de estrellas y curvada que, Bruno Fornillo lo percibió primero que nadie, sentimos la forma de bóveda del cielo así como la habrán percibido los antiguos, los de antes de la polución lumínica y de las otras. Como la siguen percibiendo las gentes que viven en territorios que todavía no fueron del todo destruidos por Occidente, que no se cansa de escupir los huesos de todo lo que se traga. Nebulosas vimos. La cruz del sur como una señal ineludible. Las estrellas fugaces. Todos quisimos ver alguna: la propia, la de todos, la que fuera. Las vimos. Y después entramos a la casa a cantar y bailar juntos. ¿Cómo se cuenta un encuentro entre, hasta horas antes, desconocidos? ¿Cómo les cuento que fluyeron puentes entre todos y cada uno?

Puentes de ir y venir como si navegáramos en aguas tibias y, cada tanto, pum, un abrazo hecho de palabras o de cuerpos bailando y cantando o compartiendo cosas. Muchas cosas.

Nos trajimos historias hermosas, como la que nos contó Levi, un escritor de San Francisco de Alfarcito, que le contaba su abuela: antes, los ojitos de agua eran muy salvajes y se tragaban las llamas de los caravaneros de la sal. Había un ojo en el sur y otro en el norte de las Salinas Grandes. El abuelo se enteró de un modo de recuperar las llamas con la carga de sal: tenía que encontrar un caballo muy veloz, más veloz que el agua. Tenía que entrar por el ojo del norte corriendo tan rápido que las patas del caballo batieran el agua e hicieran burbujas. Hasta que las burbujas aparecían en el ojo del sur. Y entonces expulsaban a las llamas perdidas. “Ahora”, dijo Levi, “los ojitos son mansos”. “Claro”, dijo Claudia Aboaf, “ahora está en riesgo todo lo salvaje, todo lo vivo de este territorio”.

Asistimos a las asambleas de las comunidades —fueron gentes de muchos pueblos de las Salinas a San Francisco de Alfarcito, la sede precolombina del encuentro— que toman cada decisión a mano alzada, por consenso. Así salió, después de dos días de talleres, la consigna de la escultura aérea que la comunidad Aerocene creó para este evento: un globo hecho de un material ultraliviano que vuela sin quemar ni gastar nada. Con la energía del sol y del aire nomás. Ya lo había hecho en las mismas salinas en 2020. Las esculturas aerosolares fueron y vinieron en este cielo casi transparente logrando un montón de récords: fue la primera vez que un globo que no utiliza ningún combustible voló en el cielo de la Tierra. Operado por una mujer.

La consigna que votaron las comunidades para el globo-rombo de esta vez, dice: “En complementariedad, cuidamos el agua”. Y es que estamos hablando de un socioecosistema. Decirle ecosistema nomás podría suponer para algunos soslayar a las sociedades humanas que lo habitan. Decirle, a la tierra sobre la que avanzan como conquistadores brutales, desierto. Una operación fundante de nuestra Nación Argentina. Es lo que hace el oficialismo jujeño cuando decide pasar por alto la consulta previa, libre e informada a la que lo obliga el convenio 169 de la OIT, al que la Nación adhiere. El oficialismo nacional, hay que decirlo, no parece muy preocupado por la decisión del jujeño.

Las comunidades deben dar consentimiento, o negarse, a lo que se realice sobre sus territorios. La extracción de litio supone un gasto sideral de agua dulce. En un contexto de sequía. Y en un socioecosistema de escasez hídrica. Acá, a la forma de fluir subterránea del agua que viene de las vertientes de las montañas, les dicen venas. Y tienen razón: la salina está viva y el agua es su sangre. Si le cortan las venas, la matan. Lo que se está decidiendo, cuando se dan las concesiones a las grandes corporaciones mineras internacionales, es sacrificar un territorio. Y a sus habitantes. Como dice el abogado Enrique Viale, una visión “eldoradista”: ese fantasma que recorre Latinoamérica desde la conquista. Ese lugar todo de oro —materia prima, commodity, producto básico como la soja o el petróleo y, por supuesto, el litio— que nos va a hacer ricos de repente. No existe: no nos ha hecho ricos la soja transgénica con sus venenos, no nos ha hecho ricos Vaca Muerta, no nos va a hacer ricos el litio. Además, las empresas pagan a la provincia apenas el 3% del valor de boca de mina —menos muchos de sus costos que devengan— de regalías de lo que, según sus propias declaraciones juradas, sacan de las minas. Levante la mano el ciudadano que no apreciaría pagar impuestos según sus propias declaraciones juradas de ganancias, sin más control. Bueno, las mineras lo hacen. Y al gobierno nacional le pagan otra suma aun más ridícula: el 1%. Esto no tiene por qué ser así. No se puede decidir la destrucción de un territorio por sobre la voluntad de los pueblos que lo habitan hace milenios. No se puede decidir alegremente sacrificar al otro. Que además, es siempre el mismo desde hace más de quinientos años: el indígena. El derecho a la salud, al ambiente sano, entre otros derechos humanos, como señaló el abogado Gastón Chillier en el encuentro, son de los primeros vulnerados por las empresas extractivistas, los gobiernos que las avalan.

Y ahí estuvimos todos juntos. Vimos el estreno de Pacha, la película que Tomás Saraceno hizo con el director Maxi Laina. Es una película abierta, sin fin, y colaborativa. Como este mismo encuentro. Como la ceremonia de ofrenda a la Pachamama por las mañanas, en el frío espeluznante, metidos adentro del aire brillante, pidiéndole a la Pacha fuerzas para seguir con el diálogo y la lucha.

Ligereza y gravedad: Vuelo y mineralidad

Janine Randerson

Bajo las Salinas Grandes, en la provincia de Jujuy, se agitan y arremolinan aguas luminiscentes de color azul verdoso; en estas profundidades fluidas, minerales adamantinos catalizan antiguas formas de vida en sal, sílice y salmuera. Estas son las aguas ocultas del salar, el cuerpo de la madre viviente -Pachamama-, mucho más que un terreno incrustado de sal. En lo alto, nubes flotantes sobre corrientes atmosféricas entre el sol radiante y cumbres volcánicas reflejan el despliegue subterráneo del agua debajo. Desde hace siglos, los cursos de agua y los cielos abiertos alimentan los cantos, las siembras de papas, porotos y la cosecha de sal, así como los ritos espirituales de las comunidades andinas que aquí habitan. Hoy en día, los viajeros que vienen de lejos se calientan y despiertan sus sentidos en esta tierra bañada por el sol, perforada con pozas que parecen joyas. Sin embargo, los residuos minerales de las lagunas jujeñas de altura también han atraído a los mineros en busca del raro metal blanco-plateado del litio; la corteza de sal está ahora perforada por cortes ortogonales, las aguas desviadas y la maquinaria pesada retumba en el aire. Sentir la luz brillante y soñar con elevarse nos sitúa en una encrucijada ética entre el mantenimiento de las entidades abióticas, la vida biótica y los derechos humanos indígenas al agua que alimenta la vida, y la calamidad ecológica de la “minería verde” para obtener litio. La gente de este lugar dice: Si nuestros abuelos y antepasados vivieron sin litio, nosotros también podemos sobrevivir.

En los cielos de las salinas, un emisario del vuelo aerosolar sin combustible es empujado una y otra vez hacia las corrientes por el calor solar y muchas manos compañeras. Este globo lleno de aire y transportado por la atmósfera libera a los cuerpos humanos de las ataduras de la gravedad, que pesa mucho a gran altitud, elevando los espíritus y las imaginaciones de la comunidad Aerocene de activistas indígenas, aeronautas, artistas e ingenieros. Este colectivo se ha ido tejiendo a lo largo de muchas décadas de comunión, talleres y experimentos de vuelo aerosolar iniciados por el artista Tomás Saraceno. El territorio de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc en el norte está cuidado por más de treinta comunidades, entre ellas La Salina, Santuario Tres Pozos, Pozo Colorado y San Miguel del Colorado, y en el sur por la comunidad de Inti Killa de Tres Morros. Aerocene Pacha debe su nombre a una fuerza cosmológica, el encuentro espacio-temporal de los reinos subterráneos, terrestres y celestes del cosmos andino, que une a los seres extremófilos y las reservas minerales que se encuentran muy por debajo de la superficie de la Tierra con las aves y los insectos de la atmósfera íntima de la Tierra, y más allá, hasta los confines del sistema solar.

El tejido más-ligero-que-el-aire del globo Aerocene Pacha capta los rayos ultravioletas de la radiación solar en su oscuro interior, calentando la temperatura del aire dentro del globo por encima de la del aire exterior. El albedo (reflectividad superficial de la luz solar) de las salinas blancas crea corrientes de calor que dan aire al globo, hasta que el pasajero flota, a una altura máxima de 300 metros. Mientras los coches de plástico, metal, petróleo y litio pesan sobre la beneficencia de la tierra en movimientos reinados por carreteras y fronteras, el globo navega con un suave ritmo de resistencia. El horizonte perceptivo del salar crea un espejo resplandeciente del móvil flotante, contrapesado por la atracción estabilizadora de la gravedad hacia nuestros orígenes terrestres. Como un pájaro de plumaje suave, el globo negro es un intermediario: entre la lucha terrestre por la soberanía de la tierra y el agua, por un lado, y, por otro, muy por encima del fragor de la maquinaria, la ligereza y la contingencia de los caprichos de las corrientes de viento y el calor propulsor de nuestra estrella más cercana. En la antigua Roma, las decisiones políticas importantes se regían por la observación del vuelo y el comportamiento de las aves. El filósofo Michel Serres describe la fina sintonía de los augures romanos, que escuchaban atentamente a los pájaros, ampliando nuestra ventana perceptiva al mundo biofísico, donde el lenguaje se deshace y los sentidos nos guían. El pequeño pájaro Pococho de las Salinas Grandes canta y canta cuando hace buen tiempo, pero se queda quieto como la muerte cuando está a punto de llover, prediciendo el clima. Mientras que en la cosmología maorí, la aparición de los pájaros es un tohu, una señal para tener en cuenta a los muertos, un medio susurrante de los ātua, los seres divinos. El globo Aerocene Pacha es una señal suave para escuchar a las criaturas y comunidades de Salinas Grandes, para ajustarnos a las corrientes térmicas y prestar atención a los nuevos climas, las lluvias poco frecuentes, la furia de las tormentas.

Para muchos de los que vivimos en ciudades, el agua brota fácilmente de los grifos, el aire circula por unidades de temperatura controlada y los desplazamientos se realizan en auto. La curva de la atmósfera respirable ha llegado rápidamente a un límite insostenible para absorber los residuos de carbono del petróleo y el carbón, y la promesa tentadora de la revolución electrónica se presenta como una solución tecnológica para la atmósfera carbonizada. Sin embargo, las baterías oscuras de litio encajadas bajo autos silenciosos o forrando nuestros teléfonos celulares y computadoras portátiles tienen un costo para los derechos de las personas, la tierra y nuestras relaciones más-que-humanas. Esta nueva industria está sedienta de agua. El proceso de perforación y evaporación de las minas de litio requiere millones de litros de agua para extraer el litio del magnesio y otros minerales. Pocos verán jamás la violencia de la perforación a cielo abierto de la corteza salina, o la maquinaria de bombeo que bebe vorazmente las aguas saladas de los cuerpos ancestrales de las cuencas subterráneas. El litio queda tras la evaporación, los manantiales se secan, y sólo quedan residuos contaminados para quienes habitan el salar. Sin embargo, si alguna vez los habitantes de las ciudades descubrimos que el agua deja de salir de los grifos de nuestras casas, nuestra frágil dependencia a infraestructuras fundamentales nos deja irremediablemente expuestos. La humanidad que quema combustibles fósiles se acostumbró a un ritmo acelerado de movimiento y consumo, arrancando el petróleo de bosques milenarios y desecando cursos de agua. El mismo camino neocolonial continúa con el brillo de una minería limpia y sin emisiones, ocultando el efecto de la minería del litio en las tierras y aguas indígenas de todo el “Sur” global.

Desde donde escribo, en Aotearoa (Nueva Zelanda), la prospección de litio en nuestras regiones geotérmicas (también a partir de una especie de agua fósil o salmuera) apenas está empezando en el corazón de las tierras indígenas maoríes, alrededor del yacimiento de sílice de Ohaaki. Cargamos con gran parte de la responsabilidad de abastecer a las dependencias euroamericanas mientras sufrimos desproporcionadamente en las regiones tropicales y subtropicales del Pacífico. Nos enfrentamos a marejadas ciclónicas y a lluvias a menudo catastróficas que desbordan los residuos de la minería en los sistemas de agua dulce. La cercana Australia suministra aproximadamente la mitad del litio mundial a partir de los depósitos de pegmatitas a cielo abierto creados en la colisión de antiguas masas de tierra. En muchos lugares, como en la península del Cabo York, en el norte de Queensland, el Estado da prioridad a los derechos de prospección del capital riesgo minero sobre los derechos territoriales de los aborígenes. La búsqueda paralela de litio bajo tierra por parte de las empresas mineras y de los gobiernos que conceden permisos en el “triángulo del litio” a través de Argentina, Bolivia y Chile oscurece o niega el impacto de este proceso de uso intensivo de agua en regiones que se enfrentan a una grave escasez de agua. La explotación minera del océano Pacífico, alrededor de Nauru, por ejemplo, en busca de níquel y cobalto, de los que dependen muchas baterías de iones de litio, también nos preocupa seriamente. La explotación minera de los fondos marinos como “mare nullius”, o fuera de la jurisdicción de cualquier país, no es menos polémica que la minería terrestre o llenar el aire de gases de efecto invernadero. Culturalmente hemos imaginado los cielos, los mares y los lagos salados del Sur como lugares indómitos y despoblados para la actividad comercial, mientras que la atmósfera herida y el bioma terrestre y marino claman contra esta falacia.

La creación artística se sitúa a menudo en el límite insostenible de las tecnologías energéticas, inventando modelos emergentes de movimiento cinético, ideando sistemas excéntricos, nuevos tipos de cuasi-instrumentos meteorológicos y reuniendo momentos de resistencia. La energía existe en el lenguaje cuantificador de la producción neocapitalista como recurso, pero muchos artistas utilizan las fuerzas energéticas más abiertamente: como catalizadores espirituales y culturales del cambio ecosocial. Saraceno y la comunidad Aerocene ofrecen el vuelo impulsado por el sol como manifiesto, provocación, movimiento ecopoético y experimento riguroso de transición energética justa en el que participa una red internacional de científicos, artistas e ingenieros. Crean un nuevo régimen socio-metabólico, cuestionando la jerarquía de quién tiene derecho a existir y a proveer o ser provisto de energía. El Manifiesto del Aeroceno se pregunta: “¿Cuáles son los derechos de paso, los corredores que debemos abrir para restablecer el derecho a la deriva y a la respiración? ¿Cómo podemos superar la paradoja de las decisiones tomadas por unos pocos, forzando e inhibiendo simultáneamente la movilidad y la capacidad de respiración de la multitud multi-especie?”. Para atender a los efectos tangibles de la extracción de los metales preciosos que yacen en las profundidades de la tierra, es fundamental escuchar las voces indígenas. Para los habitantes del salar, la perforación de la tierra presenta múltiples efectos en los sistemas humanos y naturales. Se crea una zona de sacrificio en el Sur, en palabras de Luis Martín-Cabrera, que equivale a un “terricidio” y al fin de una forma cultural de ser y conocer. El peso de la resistencia a la minería se ha dejado en manos de las comunidades indígenas del Sur durante demasiado tiempo; ahora es el momento de darnos la mano.

Sí, debemos descarbonizarnos, pero Aerocene Pacha nos impulsa a seguir buscando soluciones viables distintas a la minería de baterías de iones de litio: modifiquemos nuestros propios hábitos de consumo y movimiento; revisemos nuestro propio detritus de teléfonos y baterías para recuperar el litio de los residuos electrónicos en lugar de seguir tallando la tierra. En el vuelo aerosolar de flotación libre, sentimos la energía cinética del movimiento, la elevación de la imaginación y el espíritu con las aves, desde Pococho que pronostica el tiempo hasta la tranquila fuerza de las alas del Kuntur (cóndor). Esta ligereza y sensibilidad al abrazo atmosférico, que tan íntimamente conocen las comunidades indígenas y nuestros compañeros aviares, nos insta a dejar que el salar sea; a dejar que el salar exista, brille y vuele hacia la luz.

Luchas Aerocénicas

El arte, cuando se hace con talento y pasión, suele abrirnos un portal desde el cual se vislumbran otros mundos posibles. Así, lo sucedido en las Salinas Grandes, en Jujuy, este 25 de enero, revela la importancia del arte como apertura hacia otros horizontes, en estos tiempos de crisis climática, de negacionismos suicidas y de escasa imaginación política.

El Proyecto Aeroceno-Pacha, dirigido por Tomás Saraceno, y que involucra una comunidad de jóvenes talentosos y pasiones cosmopolitas, supo tender puentes y lazos entre mundos muy diversos, apostando al diálogo, al aprendizaje y a la construcción de la confianza, en el magnífico escenario de las Salinas Grandes, donde hoy se expresan tantos puntos ciegos y conflictos.

Aeroceno como proyecto artístico y cosmológico trasmitió dos mensajes muy potentes, uno local y otro global. El primer mensaje es el de las comunidades kollas, esas voces bajas y ancestrales que habitan el salar y se oponen a la extracción del litio, que consume cantidades insustentables de agua y amenaza así un ecosistema -una cuenca- de por sí árido. Esas comunidades no sólo se definen por la resistencia a la minería de litio; defienden otras maneras de concebir el territorio, que apuestan al cuidado y la armonía, fundada en una visión holística en la relación ser humano/naturaleza. La consigna “el agua y la vida valen más que el litio”, como pudo verse escrito en el globo de aeroceno, encierra entonces algo más que una negación.

El segundo mensaje, el global, señala como gran protagonista a las mujeres y a la lucha ecológica. Ciertamente, fue una mujer pilota, Leticia Marquez, la que se elevó en el aire y piloteó el globo que realizó un record mundial, sin ayuda de combustibles fósiles, sin litio, sin helio, solo con el aire de las salinas blancas, solo calentado por el sol. Y es un mensaje hacia toda la humanidad, acerca de nuestras posibilidades de pensar alternativas sociales que no atenten contra el tejido mismo de la vida.

Algunos pensarán que estos dos mensajes son contradictorios. Que no es posible decir “no a la extracción del litio” y proponer al mismo tiempo el tránsito hacia una sociedad sin combustibles fósiles, a partir del uso de energías limpias y renovables. Todo lo contrario. Necesitamos problematizar la cuestión. Es innegable que las baterías de litio (que está en nuestros celulares, computadoras y que sirven para alimentar a los automóviles eléctricos), tienen un rol en dicha transición. Pero no hay un solo camino y el que adoptó nuestro país, es sin duda equivocado.

Sabemos que no hay transiciones puras, que el camino no será lineal. Tampoco existe un manual, con preguntas y respuestas, mucho menos a partir de la gran escala que plantea la crisis climática. Sin embargo, no podemos subirnos sin más al carro de una transición insustentable, como la que se propone en los salares atacameños (lo cual se extiende a todo el territorio nacional), ​asociada a las corporaciones transnacionales, basadas en el atropello a las comunidades originarias y que supuestamente conducen a un modelo energético “limpio”, pero que reproduce la dominación sobre la naturaleza y las poblaciones. Eso sería avalar una falsa solución.

Frente al escenario de desposesión y saqueo que se ha configurado en nuestro país en relación al litio, bien vale la pena preguntarse en qué tipo de transición energética estamos pensando. En este siglo XXI aerocénico, en el cual las luchas ancestrales, feministas y ecologistas son nuestras grandes fuentes de inspiración, habrá que redefinir y pensar un horizonte de transición justa, que apunte a otro sistema de relaciones sociales y a otro vínculo con la naturaleza. Porque como dicen desde hace tiempo los movimientos por la Justicia Climática, el objetivo es “Cambiar el sistema, no el clima”.

Notas sobre Vuela con Aerocene

Tomás Saraceno

El ser humano siempre ha soñado con volar,
Pero hoy en día, volar se ha convertido en una pesadilla.
1,3 millones de personas en el aire en cualquier momento,
1.000 millones de toneladas de CO2 emitidas al año.
El 50% de las emisiones de la aviación
son causadas por el 1% de la población mundial.
El 80% de las personas nunca ha viajado en avión.
Flotemos con otro sueño.
¿Quién se atreve a volar de otra manera?

Tengo que confesar que cuando empezó el ritual de la Pachamama, se me caían las lágrimas de emoción detrás de los lentes. A la vez, estaba nervioso, la Wiphala (emblema de los pueblos andinos de Sudamérica) ondeaba demasiado. El viento soplaba tan fuerte que pensé que nunca íbamos a despegar. Sólo podía pensar en todos los amigos y familiares que habían venido hasta aquí y no podrían presenciar la performance. Estábamos a más de 3.600 metros de altitud y costaba respirar. Mi sobrino Manuel, de 10 años, no paraba de vomitar. Si lo hubiera sabido, le habría dicho que un “movimiento lento” natural nos obligaba a caminar de otra manera. Estábamos yendo juntos, a la deriva, como se pedía durante el movimiento por los derechos civiles: muévete tan despacio como puedas, tan rápido como debas.

“Todo va a salir bien”, dijo Verónica, del Santuario Tres Pozos. “Lo primero es agradecer a la Pachamama”, respondieron Néstor y Rubén. Junto a ellos, los habitantes originarios de estas tierras compartieron sus conocimientos ancestrales en un ritual de agradecimiento a la Pachamama, la Madre Tierra. Durante la ceremonia se agradeció a la tierra, al agua, al sol y a la luna con ofrendas, deseando buena fortuna para el vuelo del día. Pero el viento no paraba y, entre demasiadas palabras y falta de concentración, di un discurso de bienvenida que preferiría olvidar. Era imposible enfocarse.

Las previsiones meteorológicas anunciaban mucho viento; la noche anterior, una tormenta y miles de relámpagos nos habían dejado aislados. El río había crecido demasiado y no era posible volver a cruzarlo. No había forma de avisar a los invitados. En esos territorios hay muy poca señal telefónica. Tendríamos que predecir el tiempo y comunicarnos de otra manera, replantearnos quiénes eran nuestros invitados. En las culturas andinas, cuentan que cuando el cuerpo de la araña cambia a azul, anuncia lluvia. Arañas meteorológicas, el tiempo inscrito en las nubes; eran otras señales, para otro tipo de despegue, las que buscábamos. Buscábamos una tregua, un tiempo sin señal de celular pero con otros vínculos, que nos conectasen de otra manera. En esta región, se agradece a la Madre Tierra como parte de la familia, y así continuó el ritual, con una confianza que estuve atento a no volver a perder.

Por la experiencia adquirida en las semanas y décadas anteriores, sabía que si no despegábamos en los siguientes 30 minutos, sería imposible. Decidí pedir a todo el mundo que empezase a dirigirse hacia el lugar de despegue, y fue entonces cuando me di cuenta de la multitud que éramos. Parecía una procesión y la calma de caminar sobre este lienzo blanco empezó a fortalecerme.

Si antes la quena no se oía a causa del viento, ahora se oía alto y claro. El viento se había calmado y la música empezaba a llenarnos de esperanza. Tata Inti, el Padre Sol, brillaba en el horizonte como nunca antes. Poco a poco me iba dando cuenta, a un ritmo cada vez más acelerado, de que quizás sí iba a suceder.

Trataba de controlar mis emociones, mientras me acordaba de lo que mi mamá seguramente estaba pensando: 10 años antes, en una situación parecida a ésta, me vio caer de una escultura voladora similar. El resultado fue una espalda rota, dos operaciones y más de 12 tornillos en la columna. Pero esta vez iba a ser diferente. La experiencia nos curó. Ahora estábamos mucho más preparados. Aerocene Pacha encarnaba 20 años de investigación y diseño colectivo, cuyo resultado era un vehículo seguro, una escultura, una aeronave aún experimental pero que respetaba todas las precauciones y certificaciones exigidas por los organismos y controles internacionales. Sin embargo, Leticia fue la única piloto profesional de Argentina que aceptó el desafío; sería la primera mujer en volar sólo con el sol y el aire, sin necesidad de quemadores, paneles solares, helio o litio.

Al llegar al lugar del despegue, la escultura, fabricada especialmente con tela negra para absorber el calor del sol, empezó a inflarse lentamente. Aerocene Pacha, impasible, se iba calentando y a cada segundo pensaba: “que se eleve, que el sol caliente el aire, antes de que el viento vuelva a ser demasiado fuerte y no nos permita despegar”.

Pero lentamente, en silencio, llamada por el sol, Leticia empezó a caminar a la velocidad del viento. Poco a poco fue perdiendo gravedad, elevándose de nuestros hombros, hacia el océano de aire. Se elevaba despacio…y luego volvía a bajar, pero sus pasos eran cada vez más largos. Al principio, flotaba a sólo 10 centímetros del suelo, luego a 1 metro, a 10 metros, hasta que alcanzó una altitud de 176 metros y flotó una distancia de 1,7 kilómetros durante 21 minutos.

Lágrimas y más emociones… “Vamos, Leticia. Vamos!”.

Al girar la escultura en el aire, otro mensaje se hizo visible, quizá el más importante: “El agua y la vida valen más que el litio” estaba escrito en letras gigantes sobre la escultura. Este es el mensaje de las comunidades indígenas que viven en los alrededores de la cuenca de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc. Su lucha contra la minería del litio es una lucha contra una transición energética verde que se está produciendo en el Norte y que pagan principalmente los pueblos del Sur. Su mensaje llama a un sueño diferente…

Y así fue como Aerocene Pacha se elevó al cielo. Nosotros la seguimos con incredulidad, aliviados, esperanzados, en un momento mágico compartido.

Después de aterrizar, regresamos a la “base”, caminando de nuevo los 3 km que nos habíamos trasladado sin darnos cuenta mientras acompañábamos a Aerocene Pacha. Cansados, con los pies embarrados, nos reencontramos, llenos de emoción, con todos aquellos que no habían podido seguir a Leticia por la distancia y el calor.

Ya no era música andina lo que escuchábamos; los ritmos eran diferentes; multitudes de adolescentes de Salta, Jujuy y Tucumán bailaban y cantaban en coreano. Habían llegado los fans de BTS, que celebraban el vuelo con coreografías perfectas y pasos de baile sincronizados. ¿Este es el mismo planeta en el que estábamos antes del despegue? A 100 metros, las comunidades indígenas de la zona, entre coplas, locro y empanadas, levantaban pancartas denunciando la extracción de litio y hacían volar otras esculturas aerosolares, mientras Leticia recibía felicitaciones.

¿Acabábamos de ser testigos de otros futuros posibles? ¿Era esto, tal vez, parte de la revolución que pedía Maristella Svampa: feminista y ecológica, colectiva, plural y colaborativa? Lejos del sueño patriarcal de colonizar el espacio, flotando en el aire del océano, nos movimos llevados por la deriva, con los ríos del viento, unidos por la solidaridad. Lentamente y en silencio, sin explosiones ni quemadores, Leticia dio un pequeño paso en el aire que podría ser un paso gigantesco para la Tierra y su clima. Fue un vuelo cósmico que nos llevó mucho más allá de la Luna.

Vuela con Aerocene Pacha

El 25 de enero de 2020, la escultura aerosolar Aerocene Pacha voló con el mensaje “El agua y la vida valen más que el litio”, escrito junto a las Comunidades de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc, Jujuy, Argentina, que alzan su voz al unísono contra las prácticas nocivas de extracción de litio en el norte de Argentina. Vuela con Aerocene Pacha se manifiesta en solidaridad con ellas. Flotando completamente libre de combustibles fósiles, baterías, litio, paneles solares, helio e hidrógeno, la piloto de Aerocene, Leticia Noemí Marqués, batió 32 récords mundiales reconocidos por la Fédération Aéronautique Internationale (FAI). Este logro marca el vuelo más sostenible de la historia de la humanidad y uno de los experimentos más importantes de la historia de la aviación.

Mientras que los pájaros, las semillas, las esporas y otros seres han volado de forma sostenible durante milenios -a la deriva con las corrientes térmicas-, los humanos sólo lo han conseguido con -por ejemplo, parapentes y aviones delta- para distancias y duraciones cortas. Aerocene representa una era en la que los humanos evolucionarán en el aire como las plantas y otros animales han evolucionado en el agua, aprendiendo a flotar y no a volar, moviéndose con los ríos del viento. ¿Nos recibirán nuestros queridos amigos inter-especie en esta etapa del Homo flotantis?

Hay dos formas de volar: una sigue los principios de la aerodinámica. Los aviones, helicópteros y cohetes, por ejemplo, tienen una densidad mayor que el aire. Este tipo de aeronave más-pesada-que-el-aire no depende de la flotabilidad para sustentarse, sino que logra elevarse mediante las fuerzas aerodinámicas. En 1891, Otto Lilienthal empezó a volar con planeadores y construyó una torre de 10 metros de altura para conseguir la relación necesaria entre la elevación y la resistencia. En 1903, los hermanos Wright utilizaron motores de gasolina para propulsar las hélices del Kitty Hawk, el primer avión. La misión a la Luna del Apolo XI en 1969 se propulsó con queroseno; mientras que la circunnavegación mundial de Solar Impulse entre 2015 y 2016, utilizó baterías de polímero de litio cargadas por células fotovoltaicas para generar la electricidad que impulsaba los motores.

La segunda forma de volar sigue los principios de la aerostática. En este caso, las naves más-ligeras-que-el-aire, como globos y dirigibles, entre otros, se elevan y se mantienen en la atmósfera estableciendo flotabilidad, históricamente mediante el uso de gases como el hidrógeno o el helio o aire calentado por un quemador que utiliza propano y otros combustibles. Por ejemplo, cuando el globo aerostático de los hermanos Montgolfier elevó por primera vez a un ser humano en 1783, utilizaron fuego para volar hacia el cielo.

En cambio, en el vuelo de Aerocene Pacha, Leticia logró el despegue aerostático utilizando únicamente el aire calentado por el sol, y tanto la escultura como la piloto flotaron durante 16 minutos sobre una distancia de 667,85 metros. El vuelo de Aerocene Pacha va más allá del uso de la aerodinámica: este vehículo más-ligero-que-el-aire se eleva lentamente en concierto con la quietud en movimiento de la aerostática, sin combustible y sin fuerza. Es el sello de una nueva era, una era en la que todos los cohabitantes de la Tierra reconocemos que estamos a bordo de un planeta compartido, en un viaje colectivo alrededor de sí mismo y del sol.

Para más información sobre el vuelo de Aerocene Pacha y la Fundación Aerocene, visite aerocene.org.

Vuela con Aerocene Pacha fue producido por la Aerocene Foundation y Studio Tomás Saraceno. Con el apoyo de Connect, BTS, comisariada por DaeHyung Lee. La Aerocene Foundation es posible gracias al generoso apoyo de Espace Muraille Eric y Caroline Freymond.

Aerocene App

Esta obra de arte te invita a moverte de otra manera, flotando con los ritmos del planeta. Forma parte de una comunidad que cambia los hábitos, no el clima, ¡hacia la era del Aeroceno!

La aplicación de Aerocene, que incorpora información en tiempo real de pronósticos de 16 días de velocidad del viento a diferentes altitudes, es una herramienta de navegación que sirve para planificar viajes en la era del Aeroceno, acercándonos a un futuro alternativo en el que nos movemos con los ritmos del planeta. Flotando libres de fronteras y combustibles fósiles, podemos despegar en nuestro propio viaje aerosolar guiados únicamente por el calor del sol y la tierra, y el aire que todos respiramos. Una galería digital de aeroglifos -firmas en el aire- traza las trayectorias de los 7976 (y en aumento) vuelos virtuales que han tenido lugar hasta ahora en la aplicación de Aerocene.

Los vuelos reales se registran a través de un archivo mundial interactivo. La comunidad Aerocene ha flotado con numerosas esculturas aerosolares elevadas únicamente por el sol y el aire, transportadas solo por el viento. A través de la app de Aerocene, puedes conectar con la comunidad para unirte a un vuelo real o participar en los más de 103 vuelos atados, 16 libres y 8 humanos de Aerocene que han flotado en más de 43 países diferentes. La nueva funcionalidad de Realidad Aumentada invita a vivir una experiencia inmersiva visualizando el dibujo invisible que hace una escultura aerosolar mientras vuela. Se puede visitar la ubicación de un vuelo Aerocene para ver las huellas de su trayectoria, o colocar uno archivado en un lugar a elección, para una forma renovada de sentir el aire y descolonizar la tierra de los regímenes de combustibles fósiles.