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Ligereza y gravedad: Vuelo y mineralidad

Maristella Svampa

Janine Randerson

Bajo las Salinas Grandes, en la provincia de Jujuy, se agitan y arremolinan aguas luminiscentes de color azul verdoso; en estas profundidades fluidas, minerales adamantinos catalizan antiguas formas de vida en sal, sílice y salmuera. Estas son las aguas ocultas del salar, el cuerpo de la madre viviente -Pachamama-, mucho más que un terreno incrustado de sal. En lo alto, nubes flotantes sobre corrientes atmosféricas entre el sol radiante y cumbres volcánicas reflejan el despliegue subterráneo del agua debajo. Desde hace siglos, los cursos de agua y los cielos abiertos alimentan los cantos, las siembras de papas, porotos y la cosecha de sal, así como los ritos espirituales de las comunidades andinas que aquí habitan. Hoy en día, los viajeros que vienen de lejos se calientan y despiertan sus sentidos en esta tierra bañada por el sol, perforada con pozas que parecen joyas. Sin embargo, los residuos minerales de las lagunas jujeñas de altura también han atraído a los mineros en busca del raro metal blanco-plateado del litio; la corteza de sal está ahora perforada por cortes ortogonales, las aguas desviadas y la maquinaria pesada retumba en el aire. Sentir la luz brillante y soñar con elevarse nos sitúa en una encrucijada ética entre el mantenimiento de las entidades abióticas, la vida biótica y los derechos humanos indígenas al agua que alimenta la vida, y la calamidad ecológica de la “minería verde” para obtener litio. La gente de este lugar dice: Si nuestros abuelos y antepasados vivieron sin litio, nosotros también podemos sobrevivir.

En los cielos de las salinas, un emisario del vuelo aerosolar sin combustible es empujado una y otra vez hacia las corrientes por el calor solar y muchas manos compañeras. Este globo lleno de aire y transportado por la atmósfera libera a los cuerpos humanos de las ataduras de la gravedad, que pesa mucho a gran altitud, elevando los espíritus y las imaginaciones de la comunidad Aerocene de activistas indígenas, aeronautas, artistas e ingenieros. Este colectivo se ha ido tejiendo a lo largo de muchas décadas de comunión, talleres y experimentos de vuelo aerosolar iniciados por el artista Tomás Saraceno. El territorio de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc en el norte está cuidado por más de treinta comunidades, entre ellas La Salina, Santuario Tres Pozos, Pozo Colorado y San Miguel del Colorado, y en el sur por la comunidad de Inti Killa de Tres Morros. Aerocene Pacha debe su nombre a una fuerza cosmológica, el encuentro espacio-temporal de los reinos subterráneos, terrestres y celestes del cosmos andino, que une a los seres extremófilos y las reservas minerales que se encuentran muy por debajo de la superficie de la Tierra con las aves y los insectos de la atmósfera íntima de la Tierra, y más allá, hasta los confines del sistema solar.

El tejido más-ligero-que-el-aire del globo Aerocene Pacha capta los rayos ultravioletas de la radiación solar en su oscuro interior, calentando la temperatura del aire dentro del globo por encima de la del aire exterior. El albedo (reflectividad superficial de la luz solar) de las salinas blancas crea corrientes de calor que dan aire al globo, hasta que el pasajero flota, a una altura máxima de 300 metros. Mientras los coches de plástico, metal, petróleo y litio pesan sobre la beneficencia de la tierra en movimientos reinados por carreteras y fronteras, el globo navega con un suave ritmo de resistencia. El horizonte perceptivo del salar crea un espejo resplandeciente del móvil flotante, contrapesado por la atracción estabilizadora de la gravedad hacia nuestros orígenes terrestres. Como un pájaro de plumaje suave, el globo negro es un intermediario: entre la lucha terrestre por la soberanía de la tierra y el agua, por un lado, y, por otro, muy por encima del fragor de la maquinaria, la ligereza y la contingencia de los caprichos de las corrientes de viento y el calor propulsor de nuestra estrella más cercana. En la antigua Roma, las decisiones políticas importantes se regían por la observación del vuelo y el comportamiento de las aves. El filósofo Michel Serres describe la fina sintonía de los augures romanos, que escuchaban atentamente a los pájaros, ampliando nuestra ventana perceptiva al mundo biofísico, donde el lenguaje se deshace y los sentidos nos guían. El pequeño pájaro Pococho de las Salinas Grandes canta y canta cuando hace buen tiempo, pero se queda quieto como la muerte cuando está a punto de llover, prediciendo el clima. Mientras que en la cosmología maorí, la aparición de los pájaros es un tohu, una señal para tener en cuenta a los muertos, un medio susurrante de los ātua, los seres divinos. El globo Aerocene Pacha es una señal suave para escuchar a las criaturas y comunidades de Salinas Grandes, para ajustarnos a las corrientes térmicas y prestar atención a los nuevos climas, las lluvias poco frecuentes, la furia de las tormentas.

Para muchos de los que vivimos en ciudades, el agua brota fácilmente de los grifos, el aire circula por unidades de temperatura controlada y los desplazamientos se realizan en auto. La curva de la atmósfera respirable ha llegado rápidamente a un límite insostenible para absorber los residuos de carbono del petróleo y el carbón, y la promesa tentadora de la revolución electrónica se presenta como una solución tecnológica para la atmósfera carbonizada. Sin embargo, las baterías oscuras de litio encajadas bajo autos silenciosos o forrando nuestros teléfonos celulares y computadoras portátiles tienen un costo para los derechos de las personas, la tierra y nuestras relaciones más-que-humanas. Esta nueva industria está sedienta de agua. El proceso de perforación y evaporación de las minas de litio requiere millones de litros de agua para extraer el litio del magnesio y otros minerales. Pocos verán jamás la violencia de la perforación a cielo abierto de la corteza salina, o la maquinaria de bombeo que bebe vorazmente las aguas saladas de los cuerpos ancestrales de las cuencas subterráneas. El litio queda tras la evaporación, los manantiales se secan, y sólo quedan residuos contaminados para quienes habitan el salar. Sin embargo, si alguna vez los habitantes de las ciudades descubrimos que el agua deja de salir de los grifos de nuestras casas, nuestra frágil dependencia a infraestructuras fundamentales nos deja irremediablemente expuestos. La humanidad que quema combustibles fósiles se acostumbró a un ritmo acelerado de movimiento y consumo, arrancando el petróleo de bosques milenarios y desecando cursos de agua. El mismo camino neocolonial continúa con el brillo de una minería limpia y sin emisiones, ocultando el efecto de la minería del litio en las tierras y aguas indígenas de todo el “Sur” global.

Desde donde escribo, en Aotearoa (Nueva Zelanda), la prospección de litio en nuestras regiones geotérmicas (también a partir de una especie de agua fósil o salmuera) apenas está empezando en el corazón de las tierras indígenas maoríes, alrededor del yacimiento de sílice de Ohaaki. Cargamos con gran parte de la responsabilidad de abastecer a las dependencias euroamericanas mientras sufrimos desproporcionadamente en las regiones tropicales y subtropicales del Pacífico. Nos enfrentamos a marejadas ciclónicas y a lluvias a menudo catastróficas que desbordan los residuos de la minería en los sistemas de agua dulce. La cercana Australia suministra aproximadamente la mitad del litio mundial a partir de los depósitos de pegmatitas a cielo abierto creados en la colisión de antiguas masas de tierra. En muchos lugares, como en la península del Cabo York, en el norte de Queensland, el Estado da prioridad a los derechos de prospección del capital riesgo minero sobre los derechos territoriales de los aborígenes. La búsqueda paralela de litio bajo tierra por parte de las empresas mineras y de los gobiernos que conceden permisos en el “triángulo del litio” a través de Argentina, Bolivia y Chile oscurece o niega el impacto de este proceso de uso intensivo de agua en regiones que se enfrentan a una grave escasez de agua. La explotación minera del océano Pacífico, alrededor de Nauru, por ejemplo, en busca de níquel y cobalto, de los que dependen muchas baterías de iones de litio, también nos preocupa seriamente. La explotación minera de los fondos marinos como “mare nullius”, o fuera de la jurisdicción de cualquier país, no es menos polémica que la minería terrestre o llenar el aire de gases de efecto invernadero. Culturalmente hemos imaginado los cielos, los mares y los lagos salados del Sur como lugares indómitos y despoblados para la actividad comercial, mientras que la atmósfera herida y el bioma terrestre y marino claman contra esta falacia.

La creación artística se sitúa a menudo en el límite insostenible de las tecnologías energéticas, inventando modelos emergentes de movimiento cinético, ideando sistemas excéntricos, nuevos tipos de cuasi-instrumentos meteorológicos y reuniendo momentos de resistencia. La energía existe en el lenguaje cuantificador de la producción neocapitalista como recurso, pero muchos artistas utilizan las fuerzas energéticas más abiertamente: como catalizadores espirituales y culturales del cambio ecosocial. Saraceno y la comunidad Aerocene ofrecen el vuelo impulsado por el sol como manifiesto, provocación, movimiento ecopoético y experimento riguroso de transición energética justa en el que participa una red internacional de científicos, artistas e ingenieros. Crean un nuevo régimen socio-metabólico, cuestionando la jerarquía de quién tiene derecho a existir y a proveer o ser provisto de energía. El Manifiesto del Aeroceno se pregunta: “¿Cuáles son los derechos de paso, los corredores que debemos abrir para restablecer el derecho a la deriva y a la respiración? ¿Cómo podemos superar la paradoja de las decisiones tomadas por unos pocos, forzando e inhibiendo simultáneamente la movilidad y la capacidad de respiración de la multitud multi-especie?”. Para atender a los efectos tangibles de la extracción de los metales preciosos que yacen en las profundidades de la tierra, es fundamental escuchar las voces indígenas. Para los habitantes del salar, la perforación de la tierra presenta múltiples efectos en los sistemas humanos y naturales. Se crea una zona de sacrificio en el Sur, en palabras de Luis Martín-Cabrera, que equivale a un “terricidio” y al fin de una forma cultural de ser y conocer. El peso de la resistencia a la minería se ha dejado en manos de las comunidades indígenas del Sur durante demasiado tiempo; ahora es el momento de darnos la mano.

Sí, debemos descarbonizarnos, pero Aerocene Pacha nos impulsa a seguir buscando soluciones viables distintas a la minería de baterías de iones de litio: modifiquemos nuestros propios hábitos de consumo y movimiento; revisemos nuestro propio detritus de teléfonos y baterías para recuperar el litio de los residuos electrónicos en lugar de seguir tallando la tierra. En el vuelo aerosolar de flotación libre, sentimos la energía cinética del movimiento, la elevación de la imaginación y el espíritu con las aves, desde Pococho que pronostica el tiempo hasta la tranquila fuerza de las alas del Kuntur (cóndor). Esta ligereza y sensibilidad al abrazo atmosférico, que tan íntimamente conocen las comunidades indígenas y nuestros compañeros aviares, nos insta a dejar que el salar sea; a dejar que el salar exista, brille y vuele hacia la luz.