Skip to content

Notas sobre Vuela con Aerocene

Maristella Svampa

Tomás Saraceno

El ser humano siempre ha soñado con volar,
Pero hoy en día, volar se ha convertido en una pesadilla.
1,3 millones de personas en el aire en cualquier momento,
1.000 millones de toneladas de CO2 emitidas al año.
El 50% de las emisiones de la aviación
son causadas por el 1% de la población mundial.
El 80% de las personas nunca ha viajado en avión.
Flotemos con otro sueño.
¿Quién se atreve a volar de otra manera?

Tengo que confesar que cuando empezó el ritual de la Pachamama, se me caían las lágrimas de emoción detrás de los lentes. A la vez, estaba nervioso, la Wiphala (emblema de los pueblos andinos de Sudamérica) ondeaba demasiado. El viento soplaba tan fuerte que pensé que nunca íbamos a despegar. Sólo podía pensar en todos los amigos y familiares que habían venido hasta aquí y no podrían presenciar la performance. Estábamos a más de 3.600 metros de altitud y costaba respirar. Mi sobrino Manuel, de 10 años, no paraba de vomitar. Si lo hubiera sabido, le habría dicho que un “movimiento lento” natural nos obligaba a caminar de otra manera. Estábamos yendo juntos, a la deriva, como se pedía durante el movimiento por los derechos civiles: muévete tan despacio como puedas, tan rápido como debas.

“Todo va a salir bien”, dijo Verónica, del Santuario Tres Pozos. “Lo primero es agradecer a la Pachamama”, respondieron Néstor y Rubén. Junto a ellos, los habitantes originarios de estas tierras compartieron sus conocimientos ancestrales en un ritual de agradecimiento a la Pachamama, la Madre Tierra. Durante la ceremonia se agradeció a la tierra, al agua, al sol y a la luna con ofrendas, deseando buena fortuna para el vuelo del día. Pero el viento no paraba y, entre demasiadas palabras y falta de concentración, di un discurso de bienvenida que preferiría olvidar. Era imposible enfocarse.

Las previsiones meteorológicas anunciaban mucho viento; la noche anterior, una tormenta y miles de relámpagos nos habían dejado aislados. El río había crecido demasiado y no era posible volver a cruzarlo. No había forma de avisar a los invitados. En esos territorios hay muy poca señal telefónica. Tendríamos que predecir el tiempo y comunicarnos de otra manera, replantearnos quiénes eran nuestros invitados. En las culturas andinas, cuentan que cuando el cuerpo de la araña cambia a azul, anuncia lluvia. Arañas meteorológicas, el tiempo inscrito en las nubes; eran otras señales, para otro tipo de despegue, las que buscábamos. Buscábamos una tregua, un tiempo sin señal de celular pero con otros vínculos, que nos conectasen de otra manera. En esta región, se agradece a la Madre Tierra como parte de la familia, y así continuó el ritual, con una confianza que estuve atento a no volver a perder.

Por la experiencia adquirida en las semanas y décadas anteriores, sabía que si no despegábamos en los siguientes 30 minutos, sería imposible. Decidí pedir a todo el mundo que empezase a dirigirse hacia el lugar de despegue, y fue entonces cuando me di cuenta de la multitud que éramos. Parecía una procesión y la calma de caminar sobre este lienzo blanco empezó a fortalecerme.

Si antes la quena no se oía a causa del viento, ahora se oía alto y claro. El viento se había calmado y la música empezaba a llenarnos de esperanza. Tata Inti, el Padre Sol, brillaba en el horizonte como nunca antes. Poco a poco me iba dando cuenta, a un ritmo cada vez más acelerado, de que quizás sí iba a suceder.

Trataba de controlar mis emociones, mientras me acordaba de lo que mi mamá seguramente estaba pensando: 10 años antes, en una situación parecida a ésta, me vio caer de una escultura voladora similar. El resultado fue una espalda rota, dos operaciones y más de 12 tornillos en la columna. Pero esta vez iba a ser diferente. La experiencia nos curó. Ahora estábamos mucho más preparados. Aerocene Pacha encarnaba 20 años de investigación y diseño colectivo, cuyo resultado era un vehículo seguro, una escultura, una aeronave aún experimental pero que respetaba todas las precauciones y certificaciones exigidas por los organismos y controles internacionales. Sin embargo, Leticia fue la única piloto profesional de Argentina que aceptó el desafío; sería la primera mujer en volar sólo con el sol y el aire, sin necesidad de quemadores, paneles solares, helio o litio.

Al llegar al lugar del despegue, la escultura, fabricada especialmente con tela negra para absorber el calor del sol, empezó a inflarse lentamente. Aerocene Pacha, impasible, se iba calentando y a cada segundo pensaba: “que se eleve, que el sol caliente el aire, antes de que el viento vuelva a ser demasiado fuerte y no nos permita despegar”.

Pero lentamente, en silencio, llamada por el sol, Leticia empezó a caminar a la velocidad del viento. Poco a poco fue perdiendo gravedad, elevándose de nuestros hombros, hacia el océano de aire. Se elevaba despacio…y luego volvía a bajar, pero sus pasos eran cada vez más largos. Al principio, flotaba a sólo 10 centímetros del suelo, luego a 1 metro, a 10 metros, hasta que alcanzó una altitud de 176 metros y flotó una distancia de 1,7 kilómetros durante 21 minutos.

Lágrimas y más emociones… “Vamos, Leticia. Vamos!”.

Al girar la escultura en el aire, otro mensaje se hizo visible, quizá el más importante: “El agua y la vida valen más que el litio” estaba escrito en letras gigantes sobre la escultura. Este es el mensaje de las comunidades indígenas que viven en los alrededores de la cuenca de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc. Su lucha contra la minería del litio es una lucha contra una transición energética verde que se está produciendo en el Norte y que pagan principalmente los pueblos del Sur. Su mensaje llama a un sueño diferente…

Y así fue como Aerocene Pacha se elevó al cielo. Nosotros la seguimos con incredulidad, aliviados, esperanzados, en un momento mágico compartido.

Después de aterrizar, regresamos a la “base”, caminando de nuevo los 3 km que nos habíamos trasladado sin darnos cuenta mientras acompañábamos a Aerocene Pacha. Cansados, con los pies embarrados, nos reencontramos, llenos de emoción, con todos aquellos que no habían podido seguir a Leticia por la distancia y el calor.

Ya no era música andina lo que escuchábamos; los ritmos eran diferentes; multitudes de adolescentes de Salta, Jujuy y Tucumán bailaban y cantaban en coreano. Habían llegado los fans de BTS, que celebraban el vuelo con coreografías perfectas y pasos de baile sincronizados. ¿Este es el mismo planeta en el que estábamos antes del despegue? A 100 metros, las comunidades indígenas de la zona, entre coplas, locro y empanadas, levantaban pancartas denunciando la extracción de litio y hacían volar otras esculturas aerosolares, mientras Leticia recibía felicitaciones.

¿Acabábamos de ser testigos de otros futuros posibles? ¿Era esto, tal vez, parte de la revolución que pedía Maristella Svampa: feminista y ecológica, colectiva, plural y colaborativa? Lejos del sueño patriarcal de colonizar el espacio, flotando en el aire del océano, nos movimos llevados por la deriva, con los ríos del viento, unidos por la solidaridad. Lentamente y en silencio, sin explosiones ni quemadores, Leticia dio un pequeño paso en el aire que podría ser un paso gigantesco para la Tierra y su clima. Fue un vuelo cósmico que nos llevó mucho más allá de la Luna.