Marina Otero Verzier

Los sueños energéticos se hacen realidad, con demasiada frecuencia, a costa de las vidas de los pueblos indígenas, las comunidades locales y sus ecosistemas. Bajo el pretexto del progreso, estos grupos son retratados como atrasados o incluso inexistentes, sus cuerpos y territorios equiparados a recursos a extraer, sacrificados a la lógica del beneficio económico y el “desarrollo”. Los futuros verdes post-combustibles fósiles no son una excepción. Siguen dependiendo de industrias extractivistas que abren heridas en montañas y comunidades, en su suelo y en sus profundidades, rompiendo en pedazos todo lo que existe para explotarlo y así mantener viva la promesa de un crecimiento infinito. Todo este “desarrollo” se realiza a expensas de estas comunidades que llevan la carga por todos nosotros.

Covas do Barroso es una de las zonas afectadas por nuestros deseos compulsivos de obtener más energía y, en particular, más baterías. Situada en una región montañosa del norte de Portugal, lugar de biodiversidad y de tradiciones culturales ancestrales, la comunidad de Covas ha sido convertida en zona de sacrificio. Sus tierras contienen litio. Desde 2016, el Gobierno portugués, el Gobierno español y la Comisión Europea han impulsado proyectos de extracción en esta región que ahora se anuncia como una de las mayores reservas de litio de Europa. Estos esfuerzos se han intensificado aún más y han sido reivindicados ideológicamente por el Green Deal de la UE en 2020 y la inestabilidad geopolítica y la escasez de energía de 2022.

Bajo el pretexto de una economía verde y de la independencia energética, la UE presenta la extracción de litio como un paso necesario hacia esta transición y lo promociona falsamente como generador de empleo. Las multinacionales que operan en la región, como Savannah Resources, no sólo están interesadas en lo que guardan las montañas. La posibilidad de extracción del litio y los derechos de prospección y explotación son, en sí mismos, una mercancía, un futuro, que las empresas compran y venden, haciendo dinero con la eventual extracción y la consiguiente destrucción de un ecosistema.

A pesar de operar bajo la denominación de “energía limpia”, las minas de litio tienen un impacto a largo plazo sobre la calidad del aire, el agua y el suelo, así como sobre la vida de los seres que dependen de ellas, más allá del pozo. La perspectiva de la degradación ambiental y social de lugares como Covas do Barroso se presenta como el mal menor frente a la dependencia de la industria de los combustibles fósiles. Desde 2018, sus habitantes -apoyados por una amplia gama de actores sociales y comunidades afectadas por la extracción de litio en Argentina, Bolivia, Chile, Serbia y España- han mantenido una oposición directa y legal contra proyectos como la Mina do Barroso, una megaminería a cielo abierto que amenaza este patrimonio mundial agrícola. A raíz de las protestas en todo Portugal y fuera de sus fronteras, el Estado portugués redujo a 6 el número de posibles explotaciones mineras. Covas de Barroso se encuentra entre ellos, todavía amenazado por los futuros verdes occidentales y, en particular, europeos, alimentados por litio.

Aida Gomes y Nelson Gomes, representantes de “Unidos en Defensa de Covas do Barroso”, una organización de conservación medioambiental creada en defensa de los intereses de las comunidades, están sufriendo los efectos de estos futuros. Algunos se preguntan, si no es en Covas do Barroso, ¿dónde?, aceptando la destrucción como el coste inevitable del progreso. La verdadera cuestión, sin embargo, es si estamos preparados para resistir a nuestros deseos compulsivos y vivir adecuadamente en la Tierra. La llamada transición verde es en vano si no se hace junto a una reconsideración de la ética de una sociedad fundada en el extractivismo y el consumismo. Incluso cuando nos enfrentamos a la catástrofe climática, tendemos a hacer inevitable la necesidad de más energía y confiamos en encontrar nuevas soluciones técnicas en lugar de adoptar otras formas de vida.

En este contexto, imaginar nuevas culturas energéticas es primordial para abrazar una forma diferente de estar en el mundo. Como sostiene el filósofo Michael Marder, concebimos la energía como algo que guarda la Tierra o que almacenan nuestros cuerpos y baterías, que eventualmente podría liberarse para ponerse al servicio del trabajo. Esta concepción problemática de la energía supone la destrucción de cuerpos y ecosistemas mientras buscamos y extraemos energía. Apostamos y subastamos el futuro mientras llevamos a cabo acciones que eliminan la posibilidad de un futuro.

La riqueza de las montañas
Covas do Barroso forma parte de una zona mayor amenazada por la extracción de litio. Trás-os-Montes e Alto Douro, situado en el extremo nororiental de Portugal y el sur de Galicia en España, es conocido desde hace mucho tiempo por las riquezas que esconden las montañas. Aquí, los minerales suelen extraerse a la fuerza de las entrañas de la montaña. A veces emergen inesperadamente en la superficie. El territorio posee la mayor cantidad de manantiales termales de la Península Ibérica, cuyas aguas curativas contienen los mismos recursos endógenos por los que excavan las empresas mineras.

Es paradójico que mientras la UE fomenta la minería en el territorio, y por consiguiente el agotamiento de la capa freática, también promociona la región como un destino de salud y bienestar basado en el agua y posiciona el agua, y el termalismo como recursos estratégicos capaces de dinamizar la economía de la región. La proliferación de proyectos mineros pone en riesgo la calidad y cantidad de estos manantiales locales y sus aguas minerales naturales, por lo que es necesario decidir qué futuro merecen estas comunidades y ecosistemas. “¡No a la Mina, Si a la Vida!” (Não às Minas, Sim à Vida) rezan los carteles, pintadas y pancartas que pueblan cada esquina de Barroso, palabras que también pronuncian los habitantes cuando caminan por las calles y pasan por delante de la sede de Savannah Resources.

La abundancia de minerales y fuentes mineromedicinales de esta región transfronteriza es conocida desde la época de los romanos. Sin embargo, no fue hasta mediados del siglo XIX y principios del XX cuando se convirtió en un destino de salud. Las aguas termales se formalizaron en fuentes, y éstas en sofisticadas arquitecturas balnearias como las de Verín, Vidago y Pedras Salgadas. El turismo, la vida social y la salud convergieron, convirtiendo la región en referencia del termalismo europeo. Por ejemplo, las aguas de Fonte Campilho eran célebres desde 1882 por sus propiedades curativas. Pero en 1895, cuando la fuente se transformó en Palacete Templo das Aguas, comenzó a explotarse comercialmente como Agua Mineral Gasocarbónica. Pronto se construyó cerca una industria embotelladora de agua mineral y de manantial, la fábrica Fonte Campilho. Ya sea bebiéndolas directamente de las rocas,degustarlas y bañarse en ellas mediante elaborados rituales, o consumirlas a través de versiones embotelladas y comercializadas (como Campilho, Pedras Salgadas y Cabreiroa), estas aguas han sido portadoras de aspiraciones de bienestar durante siglos.

Los balnearios erigidos en Trás-os-Montes e Alto Douro en los alrededores de manantiales ricos de litio coinciden con los de otras regiones europeas de la época, que ofrecían curas de baño y bebida a una sociedad agotada durante la era de la rápida industrialización. Sin embargo, con el avance de las ciencias médicas en el siglo XX, las industrias de aguas curativas decayeron y muchas de estas infraestructuras fueron abandonadas. No obstante, la obsesión del siglo XXI por el bienestar y la auto optimización ha revivido las experiencias termales de estos enclaves. Hoy en día, el agotamiento y la depresión -enfermedades del neoliberalismo- se tratan en un sistema de manantiales, ríos y baños termales que comparten terreno con posibles lugares de extracción de litio en toda Europa. Estos territorios de extracción, baño y consumo arrojan luz sobre el papel del litio como componente crítico de los proyectos energéticos y de bienestar. La búsqueda e ingesta de litio para baterías y aguas mineralizadas sigue la compulsión capitalista de poner cuerpos y montañas a funcionar dentro del mantra de la eficiencia y la productividad.

Reuniones
Las Termas de Bande, a orillas del río Limia, en Ourense (España), son una de las excepciones en las que la aparición de aguas mineralizadas curativas aún no se ha explotado comercialmente. Mucho antes de los avances del siglo XIX, los romanos ya elogiaban estas aguas como vitales para fines terapéuticos y recreativos. Entre los años 69 y 79 d.C., levantaron el campamento de Aquis Querquennis, que incluía un sistema de termas al aire libre que funcionaban entre 36 y 48 grados centígrados. En 1948, el emplazamiento sucumbió a los planes infraestructurales de la España franquista, en los que convergen el poder eléctrico y el político. El Aquis Querquennis fue anegado para construir la presa de As Conchas, construida con los ingresos de la minería de la wolframita y sus exportaciones a la Alemania nazi.

As Conchas alteró radicalmente la vida en la zona y pasó a simbolizar la lucha entre los proyectos energéticos y la conservación sociocultural y medioambiental. En 1985, casi cuarenta años después de su inauguración, el Ayuntamiento de Bande y la Confederación Hidrográfica comenzaron a recuperar vestigios de la infraestructura de baño romana y de una posterior del siglo XIX. Hoy en día, la gente sigue desnudándose y bañándose en As Conchas, flotando entre las aguas calientes ricas en litio procedentes de la montaña y las aguas frías del embalse que sumergen parcialmente las termas durante los meses de verano.

Estas experiencias corporales permiten comprender los intrincados procesos energéticos que nos conectan con otros y con el planeta. Mientras el extractivismo rompe suelos y comunidades, agotando tierras y cuerpos hasta el punto del colapso mental y medioambiental, las prácticas de cuidado colectivo se vuelven cada vez más importantes. Sumergidos en las aguas termales, en lo que Cheila Rodrigues llegó a definir como una “asamblea de baños”, los cuerpos honran lo que se ha convertido en un grito de guerra en la región: “El agua no se vende se cuida y se defiende”.